—¡Qué pecado, de verdad qué pecado! —Lorena se llevó la mano al pecho, las lágrimas rodando sin freno por su cara.
El mayordomo y el médico corrieron a sostenerla, intentando calmarla en medio de la tensión.
—Señora, por favor, no se altere tanto. El señor Dionisio solo se llevó un susto, no es nada grave. Siéntese un momento y trate de tranquilizarse.
Lorena, al escuchar aquello, le lanzó una mirada fulminante a Daniela.
—¿Y cómo quieres que me calme? ¡Todo esto es por tu culpa, desgraciada! —le soltó, con el odio dibujado en cada palabra—. Si no fuera por ti, Kiara jamás habría hecho algo tan cruel, ni Dionisio estaría así de mal. ¿Todavía tienes el descaro de quedarte aquí? Escúchame bien: no pienses que algún día vas a entrar a la familia Olivares.
...
Daniela se quedó sentada en la banca, completamente ida, como si el alma se le hubiera escapado del cuerpo. Sentía las piernas entumidas y la mente en blanco.
¿Cómo es que una boda que debía ser perfecta acabó convertida en este desastre?
—Kiara Rodas, arruinaste mi boda… y te juro que no me quedaré de brazos cruzados —susurró entre dientes.
Sintió cómo la rabia le recorría las venas y, sin darse cuenta, apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas.
Pero en ese mismo instante, cuando el rencor parecía envolverla, se desinfló, como un globo al que se le escapa el aire. Soltó las manos, agotada.
¿De qué servía culpar a Kiara? Si al final, fue ella quien primero buscó problemas. Y, siendo honestos, Dionisio nunca había podido dejar atrás a Kiara.
Lorena, cada vez más fuera de sí, seguía desahogando toda su amargura sobre Daniela.
—¡Te estoy hablando! ¿Acaso no me escuchas? Si te quedara un poco de dignidad, te alejarías para siempre de mi hijo. ¿Ya te viste en un espejo? Ni siquiera le llegas a los talones. ¿No te da vergüenza? Si de veras lo quisieras, pensarías en lo que está en juego para él.
—Con una mujer como tú a su lado, la familia Olivares solo va a perder el respeto de todos. Si yo fuera tú, buscaría un agujero donde esconderme, ¿cómo no te da pena dar la cara?
Las palabras de Lorena eran como cuchillos, cada una más hiriente que la anterior. Daniela la miró con los ojos entrecerrados, la rabia y el dolor luchando dentro de ella.
Se puso de pie con esfuerzo, avanzando con paso torpe hasta quedar frente a Lorena.
Lorena, lejos de detenerse, alzó la voz aún más, como si quisiera aplastarla con su gritería.
—¿Y ahora qué quieres? ¡Nada más de verte me dan náuseas! —le soltó, sin filtro.
En ese momento, la mirada de Daniela se volvió gélida, vacía de cualquier compasión. Sin darle tiempo a reaccionar, le agarró el cabello con fuerza.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Sangre No Miente, Pero Él Sí