El estómago de Kiara se revolvía sin parar, y el mareo apenas le daba tregua.
—No quiero comer, llévate eso de aquí...
Los ojos de Dionisio brillaron con intensidad, y su voz salió grave y áspera.
—Si no comes, ¿cómo piensas recuperar las fuerzas?
—Todavía tienes que resolver lo de Óscar y Marcos, ¿o ya se te olvidó?
Al escuchar eso, a Kiara se le apretó el pecho.
Tenía razón.
No podía permitirse caer, por más débil que se sintiera.
Aunque se fuera a desmayar, antes tenía que recuperar las piezas perdidas.
—...¿Qué pasó con Óscar? ¿Sobrevivió la cirugía?
Dionisio abrió con calma la caja térmica y le sirvió una taza de avena con chía.
—Tranquila, ya lo estabilizaron. Por ahora no corre peligro.
Las palabras calmaron un poco a Kiara.
—¿Y lo están vigilando? No podemos dejar que vuelva a intentar suicidarse.
—No te preocupes. Puse a un enfermero y a los guardias a vigilarlo veinticuatro horas. Si quiere morir, no se la voy a poner fácil.
—Menos mal...
Dionisio prosiguió:
—Carlos ya regresó y logró recuperar parte de las antigüedades. Lo que no pudo rescatar, le vamos a cobrar a Marcos. Él tendrá que pagar todo lo que falte.
Kiara asintió, aunque la preocupación seguía en su mirada.
—¿Y Óscar? Si él no quiere devolver las piezas, ¿qué vamos a hacer?
Dionisio sonrió, aunque en sus palabras se colaba cierta dureza.
—Tú solo enfócate en recuperarte. De lo demás me encargo yo.
Sin decir más, tomó una cuchara, la llenó de avena tibia y la acercó a sus labios.
—Anda, come un poco.
Kiara bajó la mirada.
—No tengo hambre, no me pasa nada.
—Solo un poco. Necesitas reponer fuerzas.
—No te preocupes. Solo quiero que te mejores. No te voy a forzar a nada, ni a tener este bebé si no lo quieres.
Hizo una pausa, su voz se volvió casi un ruego.
—Solo te pido que lo pienses bien, que no tomes una decisión apresurada. Hay dos vidas en juego.
Kiara sintió un nudo en la garganta. No encontraba palabras.
Su cabeza era un caos, incapaz de tomar decisiones.
Por supuesto, tampoco iba a hacer nada impulsivo.
Aunque Dionisio le disgustara, seguía deseando tener un hijo propio.
Quería dejar su huella, continuar el apellido de la familia Rodas.
—Vamos, abre la boca.

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