Ella detestaba la llegada de ese bebé, odiaba que fuera el lazo que Dionisio había dejado a fuerza de artimañas.
Sin embargo, en cuanto escuchó “quizá después no puedas volver a embarazarte”, un escalofrío le recorrió el pecho.
—Me estás mintiendo, pase lo que pase, no voy a tener este bebé —soltó Kiara, con una mezcla de rabia y miedo.
Dionisio alzó la cabeza de golpe. Los ojos, rojos e inyectados, parecían a punto de romperse igual que una telaraña a punto de ceder. Las lágrimas se mezclaban con la desesperación desbordada en su cara.
—¡Es en serio! Acabo de preguntarle al doctor. Tenía tu reporte en la mano y suspiró, dijo que la vez que perdiste al bebé te dejó muy mal.
—Esta vez fue un milagro que pudieras quedar embarazada. Si te lo quitas a la fuerza… después… puede que nunca vuelvas a ser mamá.
Remarcó a propósito la palabra “perdiste”, apostando a que ella recordara aquel bebé que no pudo salvar años atrás.
El color se le fue del rostro a Kiara. Sentía el corazón retorciéndosele de dolor.
Si de verdad no pudiera volver a embarazarse en el futuro…
Tendría que quedarse con ese bebé.
La familia Rodas siempre había tenido muy poca descendencia. Para su generación, solo quedaba ella como mujer. Si no tenía hijos, entonces la familia Rodas desaparecería para siempre.
Por eso, sin importar de quién fuera ese bebé en su vientre, tenía que nacer.
Notando que la duda la empezaba a invadir, Dionisio cambió el tono y se cubrió de tristeza.
—Además, aunque no fuera para salvar a Vicente… Tu abuelo también espera que pronto tengas un hijo, para que la familia Rodas no se acabe.
—Sí sé que te lastimé, que te mentí y te hice mucho daño. Perdóname, no hay forma de enmendar todo lo que hice.
—Pero, esto… esto es cosa del destino.
Kiara cerró los ojos y la voz le salió ahogada:
—…Déjame en paz, necesito pensar.
Dionisio guardó silencio unos segundos y se puso de pie, despacio.
—Está bien, piénsalo tranquila.
—Al final, son dos vidas las que dependen de esto. No tomes una decisión a la ligera, no borres el futuro de esos dos niños sin pensarlo bien.
Las palabras le apretaron el alma a Kiara.
Dos vidas…
¡Eran dos vidas las que dependían de ella!
—Salgo un momento. Piénsalo con calma —Dionisio fingió una tristeza tan profunda que hasta el cuerpo se le doblaba de dolor y derrota.
Salió dando pasos pesados, fingiendo estar al borde de la desesperación.
Ella lo miró irse, con ese aire derrotado y el peso del mundo en la espalda. Claramente, Dionisio estaba actuando, pero la duda ya había echado raíces en ella.
Sin embargo…
Apenas Dionisio cruzó la puerta del cuarto, una sonrisa triunfante se dibujó en su cara.
Caminaba tan ligero que parecía flotar.
Hoy sí que era el mejor día desde su divorcio.
El diagnóstico de leucemia de su hijo resultó ser un error.
El segundo bebé, que tanto había soñado, llegaba de sorpresa.
¿Qué podía salirle mejor?
Un rato después…
Dionisio se dirigió de inmediato al consultorio de pediatría y buscó al médico encargado de Vicente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Sangre No Miente, Pero Él Sí