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La Sangre No Miente, Pero Él Sí romance Capítulo 320

Sintió que algo le apretaba el pecho, como si no pudiera respirar, un dolor sordo y persistente que no la dejaba en paz.

Tomó el vaso de agua tibia que tenía en la mesa de noche, bebió un sorbo, intentando calmar el remolino de emociones que la agitaba por dentro.

Ella, Daniela y Dionisio… cada quien tenía sus razones, sus heridas, sus justificaciones. Y, sin embargo, al juntar los destinos de los tres, la vida se convertía en una telenovela trágica, de esas que uno pensaría que solo existen en la ficción.

—Bzzz, bzzz—

El celular vibró. Era un videollamada de su abuelo.

Kiara respiró hondo, forzó una sonrisa y apretó el botón para contestar.

—Kiara, ¿dónde andas? ¿Cuándo vas a regresar a Río Esmeralda?

En la pantalla apareció Fernando Rodas, usando sus lentes para leer, con el ceño arrugado de preocupación.

Él no tenía idea de todo lo que había pasado en el museo de Ciudad Brumosa. Kiara no quería alterarlo, mucho menos darle un disgusto, así que prefirió no contarle nada.

—Abuelo, todavía tengo que resolver unas cosas aquí en Ciudad Brumosa. Me voy a quedar un tiempo más.

—¿Dónde estás? Parece que estás en el hospital —preguntó Fernando, frunciendo la mirada.

—No es nada grave, solo me dio un bajón de azúcar y el doctor quiere que me quede un par de días en observación —respondió Kiara, esforzándose por sonar tranquila y dibujando una sonrisa en el rostro—. No se preocupe, abuelo. En unos días ya estaré bien.

—¿De verdad no pasa nada? No me mientas, Kiara.

—Se lo prometo. En cuanto termine aquí, regreso a Río Esmeralda lo más pronto que pueda. ¿Cómo está usted?

El abuelo se acomodó en la silla, con un aire más animado:

—Ya mejor. Mira, hasta puedo caminar sin bastón.

—Me alegra mucho oír eso. Cuídese mucho, abuelo.

—Tú también cuídate, hija.

—Claro que sí.

Platicaron unos diez minutos más antes de despedirse.

Al colgar, Kiara se quedó mirando el techo, el corazón todavía agitado.

—…Ay, ¿debería tener a este bebé o no?

No quería tener ningún lazo con Dionisio. Ni uno solo. Pero también anhelaba tener un hijo propio, alguien a quien amar sin condiciones.

Sabía que podía darle todo: educación, cariño, estabilidad. Pero el dilema seguía ahí, latiendo en su cabeza como un tambor.

—Ya basta, me va a explotar la cabeza. Mejor duermo y mañana lo pienso bien.

No era una decisión pequeña. Necesitaba poner en una balanza todo lo que había en juego.

...

Nueve de la noche.

Dionisio llegó manejando hasta la Finca de las Rosas.

Daniela lo esperaba para cenar. La comida ya la había recalentado varias veces, pero seguía ahí, intacta, como si el tiempo no pasara.

—Daniela, ya llegué —anunció Dionisio entrando, con el semblante pesado, arrojando el saco sobre el sofá.

Daniela, con una dulzura que parecía imposible de fingir, se acercó:

—Dionisio, por fin llegaste. ¿Por qué tan tarde? ¿Vienes muy cansado?

—Sí.

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