—¿Infección por parásitos de la malaria? —Los ojos de Dionisio se abrieron como platos, sus dedos se aferraron sin querer al celular hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. ¿Está diciendo que Vicente no tiene leucemia?
El médico asintió de inmediato, alcanzándole la hoja con los resultados del examen. La emoción le temblaba en la voz:
—¡Así es, señor Dionisio! Hicimos la prueba tres veces para asegurarnos. Es una reacción parecida a la leucemia causada por la infección de malaria, pero no es leucemia de verdad.
—Es un caso poco común, los síntomas al principio se parecen mucho a la leucemia, por eso se confundió el diagnóstico.
Señaló unos resultados en la hoja:
—Mire, aquí está el informe de la malaria. Con el tratamiento indicado, la enfermedad se puede controlar rápido. Se cura por completo, no deja secuelas.
Dionisio casi le arrebató el papel. Su mirada se clavó en esas líneas clave; sentía el corazón apretado como si lo estrujara una mano enorme, y de pronto, en el siguiente latido, se soltó, y la felicidad le inundó de golpe, tan fuerte que casi lo hacía perder el aliento.
Lo leyó tres veces seguidas antes de convencerse de que no estaba viendo mal.
—Qué maravilla, de verdad… esto es increíble.
—Vicente está bien… Mi hijo no tiene leucemia…
Se volvió hacia el médico, con la voz temblorosa pero firme:
—Doctor, vamos a empezar el tratamiento ya mismo. Use la mejor medicina y el mejor método, no me importa cuánto cueste.
—No se preocupe, señor Dionisio, ya tenemos todo listo. Podemos empezar a tratar al pequeño Vicente en cuanto usted diga —el médico, aunque Dionisio lo tenía bien sujeto del brazo, no se atrevía a soltarse y solo repetía su promesa.
Dionisio por fin aflojó la mano, respiró hondo, tratando de calmar el torbellino en el pecho.
—Voy a ver a Vicente ahora mismo.
Se giró y se encaminó a la sala de pediatría, pero apenas dio dos pasos…
—¡Click!—
La puerta de la sala de emergencias se abrió de golpe.
El doctor que había atendido a Kiara también salió.
Dionisio se apresuró a acercarse, la preocupación le torcía la voz:
—Doctor, ¿cómo está Kiara? ¿Está grave?
El médico se quitó el cubrebocas con lentitud, su expresión era una mezcla de incomodidad y sorpresa:
—…Señor Dionisio, la señorita Kiara está embarazada.
Dionisio y Kiara ya estaban divorciados, así que el doctor no se atrevía a felicitarlo ni a suponer nada sobre el padre del bebé.
…
Dionisio se quedó pasmado unos segundos, mirando al médico como si acabara de escuchar un disparate. Había algo casi obsesivo y desbordado en su mirada.
—¿Qué… qué acaba de decir?
El doctor, nervioso al no saber si Dionisio estaba contento o furioso, tartamudeó:
—Lo que pasa es que la señorita Kiara está embarazada… apenas de unas semanas…
Dionisio se quedó tieso, como si le hubieran lanzado un hechizo paralizante. Todo a su alrededor se convirtió en un zumbido, y la noticia retumbaba en su cabeza como un trueno.

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