Kiara se puso tensa de inmediato, como si la hubieran quemado, y forcejeó con todas sus fuerzas.
—¡Dionisio! ¡Suéltame!
El abrazo de él era duro y ardiente, impregnado del aroma familiar a madera de cedro.
Pero ahora, ese olor en su piel solo le revolvía el estómago.
Todos los momentos en que él la había engañado, traicionado y lastimado regresaron de golpe, punzando sus nervios como agujas.
—¡Te dije que me sueltes!
Dionisio solo la apretó más fuerte, apoyando la barbilla sobre su cabeza. Su voz, rasposa y quebrada, sonó como si las palabras se le atoraran en la garganta.
—Solo déjame abrazarte un momento, Kiara... solo un momento. Lo único que quiero... es poder abrazarte...
Su cuerpo temblaba ligeramente. Esa figura siempre tan dura y controlada, de pronto dejaba ver una grieta de fragilidad.
Kiara dejó de forcejear de pronto. Una ola de náusea le invadió el pecho y el estómago.
—Ugh...— No pudo evitar las arcadas.
Dionisio se alarmó al verla y la soltó apresurado.
—¿Qué te pasa? ¿Te sientes mal de alguna parte?
Kiara sentía el estómago revuelto y volvió a inclinarse, ahogada por el malestar.
—Ugh...
—Toma, bebe un poco de agua.
Dionisio giró corriendo para tomar el vaso de la mesa. Sus manos temblaban mientras desenroscaba la tapa y se lo daba.
Kiara tomó el vaso, pero no bebió. Solo se cubrió la boca, luchando contra el asco que crecía cada vez más en su interior.
—¿Te asusté hace rato?— preguntó Dionisio, con una pizca de inquietud en su tono, casi imperceptible.
Kiara negó con la cabeza. Pasaron varios segundos antes de que pudiera controlar las ganas de vomitar.
—…Estoy bien. Ya vete.
Su reacción había sido mitad por malestar físico, mitad por un rechazo instintivo y profundo al contacto de Dionisio.
Él no podía dejar de mirar su cara pálida, con la culpa pesándole en los ojos.
—Perdón, Kiara. No debí...
—No sigas.— Kiara lo cortó de inmediato, con un tono cortante.— Lo que queda por hacer puedo arreglarlo sola. No tienes que meterte más. Ya puedes irte.
Justo entonces...
Un golpe seco retumbó en la pequeña bodega de al lado.
Ambos se sobresaltaron y corrieron hacia allá.
En cuanto llegaron, escucharon la voz angustiada del guardaespaldas.
—¡Sr. Dionisio, señorita Kiara, algo grave ha pasado! ¡Óscar está en problemas!
Los dos se pusieron pálidos y aceleraron el paso.
—¿Qué pasó?
Abrieron la puerta de la bodega.
La escena los dejó helados.
Óscar yacía tirado en el piso, un gran golpe en la frente del que brotaba sangre y se esparcía por el suelo. No se movía.
—¡Llamen a una ambulancia, ya!— ordenó Dionisio, con la voz dura como piedra. Se agachó para revisar la respiración de Óscar.— ¡Aún respira! ¡Rápido!
El guardaespaldas, nervioso, sacó su celular para marcar a emergencias.
Una asistente, que sabía primeros auxilios, se arrodilló de inmediato para empezar la atención más básica.
Kiara estaba desconcertada, mirando la escena con el corazón en un puño.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Sangre No Miente, Pero Él Sí