Dionisio mantenía el rostro impasible, apenas un gesto al mirar a Kiara, invitándola a que tomara la decisión final.
Al escuchar que la reliquia ya había sido vendida, una punzada sorda atravesó el corazón de Kiara; sus cejas se fruncieron aún más. Sin embargo, ya no había marcha atrás. Si podían recuperar el dinero, al menos eso sería algo.
—Está bien, acepto —respondió, tratando de contener su desilusión.
Marcos, nervioso y tembloroso, murmuró entrecortado:
—Es que… es que mi hijo, ese bueno para nada, ya gastó parte del dinero.
—Quizá… quizá…
Antes de que terminara, Dionisio lo interrumpió con voz áspera, cargada de desprecio:
—No me vengas con pretextos.
—Tienes tres días para reunir hasta el último peso.
—Si falta un solo peso, que tu hijo o tu nieto se preparen para terminar en el fondo del mar alimentando a los peces.
—Y no pienses que por mandar a tu familia al extranjero van a estar a salvo.
Apenas terminó de hablar, Dionisio lanzó al suelo un grueso fajo de fotografías.
Allí, estaban las imágenes de sus dos hijos, tres nietos y nietas; ni uno solo faltaba. Incluso la hija menor que tuvo con su amante, cada dato, cada movimiento, todo rastreado hasta el último detalle.
Estaba claro: si se atrevía a decir “no”, su familia iría desapareciendo uno tras otro, como si la muerte los reclamara sin aviso.
Marcos palideció, sintiendo que el alma se le escapaba del cuerpo. Se golpeó el pecho con desesperación.
—¡Lo juro! ¡Lo juro que junto el dinero! Aunque tenga que vender hasta la última piedra de mi casa, aunque me quede sin nada, en tres días le entrego todo, se lo prometo.
Óscar, al ver la escena, se echó a llorar y suplicar:
—Señorita Kiara, Señor Dionisio, yo… yo no vendí nada, lo que escondí sigue ahí. Si me perdonan la vida, haré lo que sea necesario.
Kiara vio la sangre seca en la frente de Óscar, pero por dentro no sentía absolutamente nada. Cuando traicionaron la confianza de la familia, debieron imaginarse que este día llegaría. Sin más, se volvió hacia Dionisio y, con un tono tan cortante como el filo de una navaja, soltó:
—Lo que queda, déjaselo a la policía. Que se sigan todos los pasos legales.
Dionisio asintió y, con una mirada a sus guardaespaldas, ordenó:
—Llévenselos y manténganlos vigilados. Cuando Carlos confirme lo de las reliquias, los entregan a la policía.
—Sí, señor Dionisio —respondieron los guardaespaldas, arrastrando a los dos hombres de vuelta a la habitación oscura donde los habían tenido encerrados.
—Ustedes también, salgan de aquí —dijo Dionisio, dirigiéndose al resto.
—Eh… —Cecilia miró a Kiara, dudando.
Dionisio la fulminó con la mirada.
—¡Fuera!
Kiara, con un leve gesto, tranquilizó a Cecilia.
—Vayan, yo estaré bien.
—Está bien —murmuró Cecilia, guiando al resto fuera del cuarto.
Ahora, solo quedaban Kiara y Dionisio.

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