El aire en el pasillo se sentía tan pesado que casi podía cortarse con un cuchillo.
Solo el tic-tac del reloj en la pared rompía el silencio, cada segundo golpeando el pecho de Kiara como si fuera un martillo.
Ella se apoyó contra la pared, que parecía tan helada como su ánimo. Sus dedos se cerraron con fuerza, las uñas se clavaron en la palma sin que lo notara.
Cecilia, de pie a su lado, se atrevió a susurrar:
—Señorita Kiara, el señor Dionisio… seguro sabrá cómo manejar esto, ¿no cree?
Kiara no respondió. Su mirada seguía clavada en esa puerta cerrada, como si de eso dependiera el futuro.
Odiaba a Dionisio. No había duda de eso. Lo odiaba con cada fibra de su ser.
Pero jamás negaría lo hábil e implacable que era para salirse siempre con la suya.
Si Dionisio quería conseguir algo, no había nada en el mundo que lo detuviera.
...
Media hora después.
La puerta se abrió con un clic seco.
Dionisio salió caminando como si nada, impecable en su traje oscuro, el porte tan recto y seguro como siempre.
Solo que en la manga tenía alguna mancha extraña. Levantó la mano y la sacudió con indiferencia, con ese aire de quien no le da importancia a nada.
Detrás de él, dos guardaespaldas arrastraban a Óscar y Marcos.
Ambos iban pálidos, temblando de pies a cabeza. Los ojos perdidos, la mirada llena de terror. Ya no quedaba nada de la arrogancia que mostraron antes.
—Hablen —soltó Dionisio, con la voz tan cortante como una sentencia.
Las piernas de Marcos fallaron y cayó de rodillas, la voz entrecortada:
—En... en las afueras de la ciudad... hay una bodega abandonada... hay un contenedor... el número es KB739... todo está dentro... aún no lo hemos sacado...
Óscar, tan descompuesto que parecía un muerto, tembló al hablar:
—Señor Dionisio, señorita Kiara, nosotros... nosotros solo nos dejamos llevar por la avaricia, se lo suplicamos... ¡denos otra oportunidad, por favor!
Dicho eso, se tiró al suelo, pegando la frente contra el piso una y otra vez.
—¡Señor Dionisio, tenga piedad! ¡Se lo ruego, señor Dionisio, no nos destruya!
Sabían que Kiara, a lo mucho, los mandaría a la cárcel. En Ciudad Brumosa no existía la pena de muerte; lo peor que podía pasarles era cadena perpetua, y ni eso: al final, solo serían veintidós años.
Pero Dionisio… él sí era capaz de borrar familias enteras, de hacerlos desaparecer del mapa y que nadie preguntara jamás.
Dionisio los miró de arriba abajo, impasible.
—Rogarme a mí no sirve.
Al escuchar eso, los dos cambiaron de objetivo y se arrastraron hasta los pies de Kiara.
—Señorita Kiara, ¡denos una oportunidad! ¡Fue un momento de locura, se lo juramos! ¡No volverá a pasar!
Kiara se irguió de golpe, con el corazón retumbando en el pecho.
Así que era cierto.

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