Qué lástima.
El equipo de seguridad había estado interrogando toda la noche.
Óscar y Marcos parecían haberse puesto de acuerdo de antemano. No importaba qué método usaran los guardias; los dos se mantenían tercos, apretando los dientes y negándose a soltar palabra. Solo repetían una y otra vez: “No sé” y “Yo no tuve nada que ver”.
Kiara observaba la pantalla de las cámaras, viendo la terquedad de ambos. La última chispa de esperanza en su pecho se extinguió por completo. Por fin tomó una decisión firme:
—Cecilia, llama a la policía. Que ellos se hagan cargo.
—Está bien.
Las pérdidas superaban los cincuenta millones de pesos.
Eso ya no era algo que pudiera solucionar entre bambalinas.
Ahora, tenía que seguir el camino legal. Era la única forma de responderle a la familia Rodas, y de darle una explicación a su abuelo.
Cecilia acababa de tomar el teléfono, lista para marcar.
—¡Clac!—
La puerta de la oficina se abrió de golpe.
Dionisio entró con un traje negro impecable, la mirada afilada y una energía que imponía respeto.
Ni los guardias pudieron detenerlo.
—Señor Dionisio, no puede entrar…—intentó uno de ellos.
Kiara sintió cómo el corazón le retumbaba en el pecho. Lanzó un grito cargado de rabia:
—¿Y tú qué haces aquí otra vez, Dionisio?
—No llames a la policía —dijo él de inmediato, sin dejar espacio a discusión.
Kiara frunció las cejas, incrédula.
—¿Qué estás diciendo?
Dionisio cruzó la sala con pasos largos hasta quedar justo frente a ella. Su tono era sereno, pero trasmitía una amenaza apenas contenida.
—El proceso policial es muy lento. Para cuando terminen, esas piezas ya van a estar en otro país, y será imposible recuperarlas.
Kiara apretó los labios, tragándose la frustración.
—Dionisio, este asunto es mío. No tiene nada que ver contigo.
—¿Cómo no va a tener que ver?

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