¡Toc, toc!
Unos golpes secos en la puerta interrumpieron los planes de Blanca y su familia.
—¿Quién es? —preguntó Blanca frunciendo el ceño, con un tono cargado de impaciencia y fastidio.
—Señora, la señorita Mila me pidió que le recordara... —la voz de Antonio sonó monótona desde el otro lado—. Aprovechando que las oficinas de registro aún no cierran, por favor termine los trámites de traspaso lo antes posible.
Blanca apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas, con los ojos llenos de resentimiento.
¡Ese Antonio antes era tan obediente con ella, pero ahora su lealtad se había inclinado por completo hacia esa maldita mocosa de Mila!
Pero no importaba. En cuanto lograran echar a Mila a la calle, se encargaría de que todos esos empleados traidores se arrepintieran de haber elegido el bando equivocado.
—Mamá, lo siento mucho... —Luna abrazó suavemente a Blanca, con los ojos enrojecidos y una voz tan dulce que partía el alma—. Es mi culpa por ser una inútil y no haber podido proteger la casa que me regalaron.
Al ver a su hija adoptiva tan afligida, el corazón de Blanca se ablandó y forzó una sonrisa maternal.
—Luna, mi niña, no es culpa tuya. Cuando logres ganarte el favor de la familia Centeno, te compraré una mansión mil veces mejor y más lujosa que esta.
—Gracias, mamá. Eres la mejor del mundo —Luna levantó la vista y le dedicó una sonrisa angelical.
Ariel observaba la escena. Todo parecía igual que siempre: Luna culpándose y su familia consolándola; pero, por alguna razón, una extraña sensación de falsedad cruzó por su mente.
*¿Acaso está... actuando?*
Apenas pensó eso, sacudió la cabeza con fuerza.
¡Imposible! Luna siempre había sido la niña más dulce y considerada, incapaz de matar a una mosca. ¿Cómo iba a fingir algo así?
Seguro la rabia que le provocó Mila lo estaba haciendo delirar y tener pensamientos absurdos sobre su pobre hermanita.
—Luna, ve a tu cuarto a descansar. Yo voy a empezar a buscar al "Doctor Azul" —dijo Ariel, reprimiendo esa extraña sensación y hablándole con ternura.
—Ariel, ¡muchas gracias por todo el esfuerzo! —Luna le tomó la mano y lo miró con total admiración—. Eres el mejor hermano del mundo.
Al escuchar ese dulce "hermano", la oscuridad en el corazón de Ariel desapareció, siendo reemplazada por un cálido rayo de sol.
Tenía razón. Su Luna era la mejor hermana que alguien pudiera pedir. ¿Cómo iba a compararla con una exconvicta como Mila?
El corazón de Felipe se encogió de inmediato.
—Luna, ¿estás llorando? ¿Alguien te hizo algo malo?
—No, nadie me ha hecho nada. Es solo que... me siento muy afortunada de ser tu hermana pequeña. Y no sé... cuánto tiempo más podré seguir siéndolo —sus palabras a medias, usando la técnica de hacerse la víctima, dieron justo en el punto débil de Felipe.
—Luna, dime la verdad. ¿Qué demonios pasó? —preguntó Felipe, ya alarmado.
—Es mi hermana... Salió de prisión antier y regresó a la casa. Hubo un pequeño problema con la familia —explicó Luna, sollozando en voz baja—. Y todo es por mi culpa. Si yo no hubiera ocupado su lugar como la señorita de la familia Quiroz, ella no guardaría tanto rencor...
—¡¿Mila Quiroz?! ¿Ya soltaron a esa inútil? —el tono de Felipe se volvió gélido y lleno de desprecio—. Luna, no te preocupes. ¡En cuanto termine con estos bocetos de diseño, regreso a la ciudad para ponerla en su lugar!
—Felipe, tu trabajo es lo más importante, no tienes que regresar de prisa por mí. Yo... seré fuerte. En el peor de los casos, me voy de la casa y le devuelvo su lugar...
—¡Tonterías! Para mí, tú eres mi única hermana. ¡Esa expresidiaria no tiene derecho a pisar la casa Quiroz! —declaró Felipe de manera contundente—. Dame tres días. En tres días estoy de regreso.
—Gracias, Felipe.
Al colgar, Luna se secó unas lágrimas inexistentes y en sus labios se dibujó una sonrisa astuta y triunfal.

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