—¿Qué? —Alfonso se quedó pasmado.
—Esta es la tercera razón por la que vine, y de hecho, es el verdadero motivo de mi visita —Benito sacó un contrato de su portafolio.
—La señorita Balderas te recomendó con el Bufete Equilibrio Judicial, y después de revisar tu expediente, quedé bastante conforme. En unos años me retiraré, y la verdad, he pensado en tener un aprendiz a quien guiar. Sabes que en el Bufete Equilibrio Judicial se trabaja uno a uno, ¿cierto?
Alfonso asintió.
—Vane ya me había platicado eso…
—He visto a varios jóvenes, pero ninguno terminaba de convencerme. Justo la señorita Balderas te sugirió, y a mí me pareciste una buena opción. Así que, ¿te gustaría ser mi aprendiz? Si te interesa, revisa este contrato y, si todo te parece, puedes firmarlo.
—¿Puedo echarle un vistazo?
—Por supuesto. Como abogado tienes que revisar cada contrato con lupa —Benito le acercó el documento.
A pesar de que la cabeza de Alfonso era un torbellino de pensamientos, se obligó a mantener la calma y revisar cada cláusula con detalle.
—Si tienes alguna duda o propuesta, puedes decírmela.
—No, ninguna. Poder ser su aprendiz es un honor para mí —Al ver que todo estaba en orden, Alfonso decidió no hacerse del rogar más, tomó la pluma que estaba sobre la mesa y puso su nombre.
Su firma tenía líneas firmes, pero en las curvas se notaba cierta flexibilidad, igual que su personalidad.
—Perfecto. El lunes próximo te quiero aquí temprano. Más tarde te envío la lista de documentos que necesitas para tu ingreso.
—Claro, muchas gracias, abogado Aranda.
—Cuando nos veamos el lunes, ya tendrás que decirme “señor”.
Benito sonrió, y Alfonso no pudo evitar sonreír también, mostrando por primera vez algo de la timidez de un chavo común.
—Bueno, por hoy es suficiente. Nos vemos el lunes. Señorita Balderas, yo me retiro.
Vanesa asintió.
—Gracias por todo.
No era porque dieran por hecho lo que Vanesa hacía por ellos, sino porque, al reconocer el esfuerzo y cariño que ella ponía, sabían que repetir agradecimientos era hueco. Mejor era esforzarse y convertirse en el escudo y la lanza de Vanesa.
...
—¡Papá, mamá!
—¿Vane? ¿Alfonso? —Aurelio estaba ayudando a los trabajadores a mover una caja, mientras Irma se quitaba los guantes para acercarse—. ¿No deberías estar en la escuela?
—¡Ah! Es que mi hermano tenía algo importante que decir, ¿verdad? —Vanesa, acostumbrada a hacer lo que quería durante diecisiete años, por primera vez se sintió culpable al escuchar esa pregunta.
—Sí, cierto —Alfonso, sin pensarlo, miró de reojo a Vanesa, que se escondía tras él, pero pronto se giró hacia Irma y asintió.
—¿Y qué asunto es ese? Aquí hay mucho polvo, mejor váyanse a casa y lo platicamos en la noche.
—¿Y Ismael? —preguntó Vanesa.
Al ver la insistencia en la cara de su hija, Irma entendió que algo serio pasaba y no dijo más. Solo les entregó dos cubrebocas para que se los pusieran.

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