—Debe estar en el segundo piso, tu papá también está allá arriba.
—Ok.
—Mamá, descansa un rato, yo te ayudo.
Vanesa subió al segundo piso mientras por detrás se escuchaba la plática entre madre e hijo.
No se apresuró a buscar a Ismael. Aprovechó para echarle un vistazo al local. No era tan grande, pero el espacio estaba bien distribuido; habían quitado toda la decoración anterior y la reemplazaron por detalles más acordes a una cafetería de desayuno.
En la planta baja había un área abierta, así que los clientes podían entrar a comer o, si preferían, pedir para llevar, todo muy práctico. El segundo piso se adaptó como comedor, pensado para quienes tenían tiempo y querían desayunar con calma.
Pensando en las costumbres de los padres y en la clientela, la cocina se diseñó con vidrio templado, permitiendo que todo se viera limpio y transparente. Cada pequeño detalle estaba bien cuidado.
—¿Qué tal? ¿Te gusta, señorita?
—Bueno, por trescientos mil pesos, no estuvo mal.
—Claro, yo nunca te quedo mal —Ismael se acomodó el cabello con un gesto presumido.
—Oye, me contó Estrella que Esteban se peleó con un Beltrán por ti, y resulta que ustedes terminaron denunciando al otro en vez de al revés, ¿eh?
—Veo que las noticias vuelan.
—¿No podrían poner una noche exclusiva para hombres en ese bar suyo? De verdad, cada vez que voy me siento rarísimo —al decir esto, Ismael se animó más de la cuenta.
—¿Y aun así vas diario? —Vanesa le lanzó una mirada que dejaba claro su fastidio.
—Pues sí, pero es porque ustedes, las mujeres, siempre quieren que haya un hombre cantando. Estrella lo vigila día y noche, como si fuera un billete de lotería —Ismael sonaba molesto.
—Habla bien, ese es mi Santiago.
Ismael se rascó la nariz, prefiriendo no decir nada más.
—No te preocupes, él no es el tipo de Estrella. Además, después de la presentación de mañana, van a cambiar de cantante.
—¿Otra vez con eso del orgullo?
—Mira, si después de todo lo que vivieron todavía tienen orgullo, eso también se respeta, ¿no crees?
A esas alturas, ambos habían visto de todo: gente que lo perdió todo, que terminó llorando en la plaza, pidiendo ayuda de rodillas... y no eran pocos.
Ismael entendió lo que Vanesa quería decir y asintió.
—Bueno, por hoy ya estuvo.
—Sí, buen trabajo.
—Ah, por cierto. Esta noche Esteban se va, pero Elías, quién sabe por qué, decidió quedarse.
—Ya me enteré.
Con eso, el mensaje quedó dado. Ismael se fue contento a su casa. Los demás recogieron todo y salieron juntos, platicando animados. Para Vanesa, esos breves momentos en familia eran raros pero valiosos. Hasta su sonrisa se notaba más sincera.

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