—Vane, ¿a quién estamos esperando aquí? Ahorita es un momento clave para ti, ¿no pasa nada si pediste permiso en el trabajo?
—Tranquilo, todo está bajo control —contestó Vanesa justo cuando, del otro lado del vestíbulo, entró un hombre impecablemente vestido de traje y corbata.
—Señorita Balderas —dijo Benito Aranda, extendiendo la mano. Vanesa se levantó y le devolvió el apretón, breve pero firme.
—Abogado Aranda, no esperaba que viniera usted en persona.
Benito había pasado toda su vida sumergido en casos y leyes. No importaba si el asunto era grande o pequeño, si a él le parecía interesante, se lanzaba de lleno a investigarlo. Su ojo crítico era conocido en el medio, y solo le importaban los casos; el resto del mundo le daba igual. Por eso, la presencia de Benito sorprendía a Vanesa.
—Los otros lo intentaron, pero tú mencionaste otro asunto que me llamó la atención, así que decidí encargarme de ambos —comentó Benito, echando una mirada a Alfonso.
—Revisé tu currículum, ese caso de conflicto económico es un clásico. No esperaba que tú hubieras participado. Los jóvenes de ahora sí que sorprenden.
—Abogado Aranda, me halaga demasiado. Yo solo ayudé con la investigación inicial y el armado de los expedientes —respondió Alfonso, casi sin creérsela. Ver en persona a una leyenda del derecho y encima recibir un elogio suyo, era algo que nunca imaginó.
—Pero si no fuera por esa última declaración tuya, el caso se habría perdido sin remedio.
—¿Ah, se refieren al caso que decías que estaba interesante? —dijo Vanesa, ya entendiendo de qué hablaban.
—Sí, no era complicado, pero la otra parte era astuta. Si no estabas atento, te arrastraban. Si no hubiera sido porque él presentó nuevas pruebas al final, la derrota era segura.
—Entonces, ¿qué vamos a resolver primero? —preguntó Benito, directo como siempre. Hasta en la plática informal, sabía llevar todo al punto clave.
—Primero recuperemos lo que nos pertenece —dijo Vanesa.
—Perfecto.
Ambos ya se alistaban para salir, y aunque Alfonso los imitó, no pudo ocultar su confusión.
—Espéranos aquí abajo, esto se arregla en diez minutos —le pidió Vanesa justo cuando Alfonso iba a entrar.
—Señorita Balderas, con cinco minutos basta —agregó Benito, ajustándose la corbata con esa chispa de humor que solo da la experiencia.
—¿Seguro que no hace falta que entre? —preguntó Alfonso, dudando.
—Si entras, hasta los haces sentir importantes —le respondió Vanesa, con una media sonrisa.
—Bueno, entonces les encargo todo —dijo Alfonso, aceptando sin más. Ni por un momento pensó que Vanesa haría un escándalo, ni le daba vergüenza ir a reclamar por una cantidad pequeña de dinero.
...
Benito y Vanesa cruzaron la puerta de la oficina, dejando a Alfonso en el vestíbulo, solo con sus pensamientos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Princesa