—¿Cómo sabes todo eso? No me digas que otra vez tienes conocidos ahí dentro —aunque Alfonso preguntó en tono de broma, ya casi estaba convencido.
Vanesa tenía esa magia peculiar: ni siquiera necesitaba ponerse seria, bastaba con que lo dijera, aunque sonara a broma, para que las cosas parecieran creíbles.
Vanesa se frotó la nariz y le preguntó:
—¿Tienes tu currículum?
—Claro que tengo...
—Pues mándame la versión digital.
—¿La versión digital? ¿Y tú para qué la quieres?
—Quiero planear tu futuro con anticipación.
A Alfonso le causó gracia ese arranque infantil de su hermana.
—Está bien, te lo mando más tarde.
Cuando ya iban bajando, Alfonso la detuvo.
—Oye, lo de esta noche… ni se te ocurra contárselo a papá y mamá.
—Y lo de que terminé en la delegación, también queda entre nosotros.
Alfonso asintió, y así, los dos hermanos compartieron su primer secreto.
...
Apenas se sentó Vanesa, Estrella se le acercó con curiosidad desbordante.
—Oye, me enteré que ayer Esteban fue a sacar a Jacinta Montemayor de la puerta y te llevó con él. ¿A qué fueron?
—¿Qué más podía ser? Me vio demasiado tranquila y quiso darme algo con qué entretenerme.
Estrella giró la cabeza justo a tiempo para ver a Jacinta Montemayor entrar por la puerta. Jacinta le lanzó una mirada furtiva a Vanesa, de esas que intentan pasar desapercibidas, con la cabeza agachada, pero Estrella —que estaba justo al lado y con su vista casi de águila— lo notó todo.
—Te lo juro, Jacinta Montemayor debe estar deseando arrancarte la piel —murmuró Estrella.
—Apenas terminemos de comer contigo me voy —advirtió Vanesa.
—Tú ve a jugar, deja de meterte en todo —le respondió Estrella, restándole importancia, mientras volvía a acercarse a Vanesa.
—¿Así que lo de la tarde es por eso? Esteban nada más le dio un golpecito, ¿no? Solo un leve traumatismo, parece que ya se está volviendo más paciente.
Vanesa recordó lo rudo que había sido Esteban el día anterior, pero prefirió no opinar.
—¿Entonces vas a lo de Vicente esta tarde?
—No —contestó Vanesa, sin dar más detalles. Estrella de inmediato entendió que seguro se trataba de algún asunto de los Balderas.
—Siento que desde que volviste con los Balderas no paras un segundo.
—¿Sí? —Vanesa fingió sorpresa, con gesto inocente.
—¿No es así?
...
Sea como fuera, a las dos de la tarde, Vanesa y Alfonso ya estaban sentados en una cafetería cerca de la Oficina de Asesoría Prudente, disfrutando tranquilamente de la merienda.

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