Al escuchar eso, Vanesa soltó una carcajada breve, como si de repente hubiera recordado algo que le daba mucha alegría.
—Si esto hubiera pasado antes, seguro que me habrías llevado de la mano a hacer los trámites de adopción y de paso habrías ido a armar un escándalo a la familia Montemayor, ¿no? Pero no te preocupes, mis padres biológicos son buenas personas. Ahora tengo tres hermanos y un hermano menor, mucho más amables y cercanos que esos dos mocosos de los Montemayor.
Vanesa apretó con cariño la mano de Alba mientras le contaba las cosas que le habían pasado últimamente. Su voz era suave, casi un susurro, y solo paró cuando el mayordomo llegó a tocar la puerta.
—Señorita Balderas, la cena está lista.
—Está bien —respondió Vanesa. Luego de acomodar la cobija sobre Alba, que seguía sin responder, se levantó y salió de la habitación.
...
En otro sitio, un avión aterrizó en el aeropuerto. Al poco rato, la gente comenzó a salir por la puerta de llegadas. Cuando la multitud se disipó, aparecieron dos figuras: una adulta y una infantil, avanzando sin prisa, seguidos de dos guardaespaldas que cargaban su equipaje.
—Señor mayor, señor segundo —Claudio se adelantó para recibirlos.
—¿Dónde está papá? —Esteban preguntó con el ceño fruncido. Sus rasgos eran marcados y pulcros, nariz recta y, si uno miraba con detenimiento, notaba un pequeño lunar en la punta, lo que le daba cierto atractivo inesperado. Se ajustó la corbata con un gesto de fastidio apenas disimulado.
—Está en el salón del banquete con la señorita, revisando los últimos detalles.
—¿La señorita? —Esteban miró al mayordomo, quien bajó la cabeza sin atreverse a responder.
—¿Y mi perro? —Elías Montemayor, ajeno a la conversación, giraba los ojos grandes buscándolo todo. Tenía el rostro redondeado por la infancia, y sus ojos brillaban con una picardía de la que uno podía esperar cualquier travesura en cualquier momento. Aunque vestía un traje a la medida, no se le veía ni un poco de formalidad. Hacía lo que quería y su tono era retador, tan claro como que era un niño malcriado hasta el extremo.
Claudio soltó el aire con alivio, aunque la espalda ya la tenía empapada de sudor. Sin perder tiempo, cerró la puerta y subió también, rumbo al salón de fiestas.
...
En el salón, Jacinta Montemayor se encontraba en el vestidor, admirando su regalo. Sostuvo el vestido y giró sobre sí misma con una sonrisa satisfecha. El vestido era largo y, como no era muy alta, tuvo que ponerse unos tacones de diez centímetros para lograr una mejor figura.
La estilista giraba a su alrededor mientras la maquillista le daba los últimos retoques. Todos se movían afanosamente a su alrededor, dedicados solo a ella.
Jacinta Montemayor tenía una sonrisa que no podía ocultar. Le encantaba esa sensación de ser el centro de atención, de tener a todos pendientes de cada uno de sus movimientos.

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