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La Princesa romance Capítulo 69

—Escuché de unos compañeros que hoy era la comida de bienvenida. Sé que no te sientes bien, pero somos familia. No cargues con todo tú sola; si quieres llorar, aquí tienes el hombro de tu hermano, puedes apoyarte cuando quieras —dijo Federico, dándose unas palmaditas en el hombro.

Tenía la cara encendida, como si hubiera corrido una maratón, y la incomodidad se le notaba hasta al respirar.

Vanesa comprendió al instante que Federico había malinterpretado todo. Aguantando la risa, le aclaró:

—Un amigo me pidió un favor porque va de viaje, por eso salí.

—¿De verdad? —Federico la miró con desconfianza, no muy convencido.

—¡Claro que sí! —respondió Vanesa, con paciencia. Su respuesta, en vez de tranquilizarlo, solo le provocó a Federico una punzada de lástima.

Él le despeinó el cabello con una mano.

—Vuelve temprano a casa, yo paso por ti —le dijo, intentando sonar protector.

Vanesa asintió. Sabía que Federico no le creía del todo, pero dejó el tema por la paz. Cuando llegó primero el camión que la llevaría de regreso, Federico se despidió y se marchó. Apenas se alejó, un carro negro se detuvo justo frente a ella.

Sin dudarlo, Vanesa abrió la puerta y subió. Al volante estaba una chica de cabello corto, lentes de armazón negro y uniforme de saco y pantalón oscuro. Su expresión era tan neutra como una hoja en blanco.

—Jefa.

—¿Y tú qué haces aquí? —Vanesa reconoció de inmediato a Esmeralda.

—Fui a revisar cómo va lo del nuevo acuerdo, y de paso te traigo estos papeles para que los firmes —dijo Esmeralda, alcanzando unos documentos del asiento del copiloto y entregándoselos.

Vanesa recibió los papeles como si fuera lo más común del mundo y les echó un vistazo.

—¿Qué dijeron los Villegas?

—Vinieron a armar escándalo dos veces. La última vez hubo que sacarlos con seguridad. Luego, cuando se enteraron que ya había alguien más para hacerse cargo, no volvieron a aparecer.

—Pasó en la mañana. Le puso unas inyecciones y revisó todo de nuevo.

Vanesa asintió y no preguntó más. Iván le abrió la puerta de la habitación. La luz del atardecer atravesaba la cortina, llenando el cuarto de un brillo suave. Ella se acercó y dejó la ventana apenas entreabierta. Todo estaba en silencio, solo se oía el pitido constante de las máquinas.

En la cama, una mujer muy delgada descansaba con serenidad, pero ni la enfermedad podía borrar su belleza. Por mucho que Vanesa la hubiera visto así, la mezcla de emociones siempre le revolvía el corazón. Alba siempre fue inquieta, divertida, el alma de la casa, y ahora llevaba dos años postrada.

Vanesa se sentó junto a la cama y comenzó a masajearle los brazos y las piernas con movimientos que denotaban años de costumbre. Iván le sirvió un vaso de agua y luego salió, dejándolas solas.

Cuando terminó, el cielo ya estaba cubriéndose de sombras.

Vanesa miró a Alba, le acomodó el cabello con delicadeza y la miró con un cariño que le brotaba del alma.

—Señora, siempre decía que ojalá yo no fuera hija de los Montemayor, que mejor fuera su hija… Y mire, al final se cumplió. Ahora ya no soy la hija menor de los Montemayor.

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