—Ya casi es hora, prepárense para bajar —dijo Matías acercándose, mientras a su lado caminaba Yolanda, perfectamente arreglada y con el maquillaje impecable.
—Papá, mamá —Jacinta Montemayor llegó corriendo mientras levantaba con gracia el dobladillo de su vestido, y en su voz se notaba la emoción.
Por primera vez en mucho tiempo, Yolanda mostró una sonrisa genuina. Se acercó a Jacinta y le acomodó el cabello con delicadeza, dibujando en sus labios una sonrisa de esas que parecen de catálogo.
—¿Por qué corres tanto? Mira que si te caes, va a ser un desastre.
Jacinta hizo una mueca traviesa y, tomándose del brazo de Yolanda, se mostró muy apegada a ella.
—Señor Montemayor, señora Montemayor —saludó respetuosamente el equipo de maquillaje.
—Gracias por su esfuerzo. En la otra sala ya les preparamos algunos pastelillos —Matías les dirigió una mirada cordial. Los maquillistas que lograban trabajar en estos eventos solían tener buenos contactos, así que los organizadores nunca los trataban mal; siempre les buscaban un lugar cómodo para descansar, evitando cualquier malentendido.
—Muchas gracias, señor Montemayor. Su familia se ve muy feliz —respondió uno de ellos, con voz amable.
—Así es, la señorita Montemayor tiene la dulzura de su mamá, qué niña tan encantadora —añadió otra, lanzando una última ronda de cumplidos antes de retirarse.
El gesto de Yolanda se tornó aún más marcado, aprobando con un leve asentimiento de cabeza. Sin embargo, si uno se fijaba bien, en su mirada no había ningún matiz de emoción, solo cortesía, la típica fachada de quien está acostumbrada a eventos sociales.
—Ya casi es hora —le susurró el asistente a Matías al oído.
Matías asintió con seriedad.
—Vámonos, la fiesta ya va a empezar.
Jacinta no pudo evitar sonreír aún más. Inconscientemente enderezó la espalda y levantó la barbilla con un aire de orgullo. Matías y Yolanda la tomaron del brazo, cada uno de un lado, y juntos descendieron la escalera bajo la mirada de todos los presentes.
Los ojos de la multitud se posaron en ellos, y Jacinta se sintió como una reina en su propio palacio, observando desde lo alto a los demás, envuelta en una sensación de triunfo.
En uno de los rincones, Estrella y Regina observaban la escena. Regina, como de costumbre, mantenía un semblante serio, mientras que Estrella miraba a todos lados, impaciente, como si estuviera esperando a alguien más.
—¿No puedes quedarte quieta? —le soltó Regina, sin poder contenerse.
—Eso pasa cuando crían a alguien que no es suyo, nunca será igual. Ni en presencia ni en actitud le llega a la verdadera hija.
—La clase también se compra, ¿no? Se quedó con la vida de la otra durante diecisiete años.
—Vaya corazón, criar a una niña tanto tiempo y luego rechazarla como si nada.
El murmullo entre los asistentes llenaba el ambiente, mientras el discurso de Matías llegaba a su fin.
—Jacinta, te toca decir unas palabras —Matías le hizo una señal, con una voz suave y una mirada llena de aliento.
Yolanda le dio unas palmaditas en la mano, animándola a avanzar. Matías le cedió el espacio; ambos la rodearon, mostrándose como sus mayores protectores.
Jacinta respiró hondo, claramente nerviosa. Miró a Yolanda buscando apoyo, luego a Matías. En los ojos de ambos encontró ese ánimo que solo se da en momentos importantes.
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