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La Princesa romance Capítulo 54

—Las fotos ya las subieron ayer. Si quieres participar, tendrás que esperar hasta el próximo semestre. Por si te queda duda, te lo repito: mañana acuérdate de venir con el uniforme escolar —Agustín nunca se andaba con rodeos ni conocía las sutilezas.

Llevaba años de maestro, había visto de todo tipo de estudiantes. Los truquitos de Jacinta Montemayor no le sorprendían, pero aun así tenía que advertirla de una vez.

Estrella se rio sin ocultarse, y enseguida, varias risitas brotaron por todo el salón.

Jacinta Montemayor se puso roja de la vergüenza, bajó la cabeza y se sentó de nuevo. Apretó con fuerza el borde de su falda, los ojos le ardían con humillación y enojo. Lucrecia fue testigo de la escena, le lanzó una mirada a Vanesa, su expresión era un revoltijo de emociones.

Vanesa se cruzó con su mirada. Lucrecia quiso decir algo, pero se contuvo. Vanesa le devolvió una sonrisa enigmática, suficiente para dejarle el ánimo por los suelos.

—Ya, recojan sus cosas, vamos a empezar la clase —dijo el profesor, cortando la tensión.

—Gracias, profe —respondió alguien por ahí.

Sonó la campana y la clase de orientación, por fin, terminó. Pero el tema seguía flotando en el aire. Los grupitos se formaron para platicar de los nuevos lanzamientos de marcas famosas, de a dónde se habían ido de vacaciones en verano, o para quejarse de que sus familias les habían dado una pequeña empresa para “aprender” durante el receso.

Jacinta Montemayor parecía una extraña, incapaz de encajar. Nadie se le acercaba, nadie le dirigía la palabra. Al contrario, la “falsa rica” Vanesa siempre tenía gente a su alrededor.

—Oye, Estrella, ¿cómo va el negocio del bar de tus papás?

—Mi familia acaba de recibir una tanda nueva de vino, ¿te interesa probar?

—Si es de baja calidad, ni me lo ofrezcas.

Vestía una camiseta blanca básica y unos jeans desgastados, sencillo pero impecable. Su cara tenía facciones marcadas, la piel clara, y cuando no sonreía, se veía mayor que los demás. Pero al reír, le salía una chispa traviesa, rebelde, que atrajo todas las miradas, incluso la de Jacinta Montemayor.

Los cuatro hermanos Balderas, hasta la más chica, Camila, siempre llamaban la atención por su apariencia. Jacinta Montemayor, sin querer, los comparaba con los demás chicos. Por mucho tiempo, presumía su cercanía con los Balderas como si fuera un trofeo.

En el Colegio General San Martín, ella era la más inalcanzable, en parte porque los demás chicos no podían competir con los Balderas. Ni siquiera le interesaban quienes no tuvieran un apellido importante. Hoy, volvió a comparar a David con los Balderas, y esta vez, David salió ganando.

Ella lo observó con atención, pero al notar la sencillez de su ropa, frunció el ceño y se le escapó una mueca despectiva.

—Así que al final no es más que el recadero de Vanesa —pensó Jacinta, y al ver la maleta, que le resultaba familiar y molesta a la vez, se le curvó la boca con arrogancia. No estaría a su “nivel”, pero si podía quitárselo a Vanesa…

En su cabeza, Jacinta se imaginó un mundo perfecto, sin saber que los jeans que David llevaba puestos de Louis Vuitton costaban más de diez mil pesos, y ni hablar de sus zapatos y accesorios. Juntando todo, alcanzaba para comprar una casa en las afueras de cualquier ciudad importante.

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