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La Princesa romance Capítulo 55

—¡David, cuánto tiempo sin verte! —Yago le chocó el puño con una sonrisa, rodeado de varios que también lo saludaron con familiaridad. Vanesa solo lo observó acercarse, con una pequeña y tranquila sonrisa en los labios.

—Pensé que hoy no vendrías.

—¿Cómo crees? Si la jefa da la orden, uno tiene que cumplir sí o sí, ¿no? —David le revolvió el cabello de manera natural, como si lo hubiera hecho mil veces antes.

Alrededor, varios soltaron risas y bromas. Ninguno de los dos se mostró incómodo; al contrario, parecían tan acostumbrados que se notaba que esas escenas eran parte de su día a día.

—Todos los regalos están aquí, agárrenlos el que los reconozca. Yago, ¿me ayudas a repartirlos?

—¿Ayuda? ¡Para eso estoy! —contestó Yago, tomando la maleta con entusiasmo.

—Vanesa... —Yago estaba por irse al fondo del salón para repartir los regalos cuando, de pronto, Jacinta Montemayor se coló entre la multitud, manteniendo esa pose frágil y delicada de siempre.

Estrella puso los ojos en blanco sin preocuparse por ser discreta, pero antes de hacer algún comentario, Vanesa la detuvo con un gesto. Estrella solo hizo una mueca y se quedó en silencio.

David ignoró a Jacinta Montemayor, solo dejó escapar una risa sarcástica y se sentó en el escritorio de Vanesa. Con la gorra bien calada y una actitud relajada pero desafiante, se veía como el típico chico rebelde del colegio, aunque sin caer en lo vulgar.

El grupo se acomodó formando un semicírculo, dejando claro que estaban ahí para respaldar a Vanesa. Jacinta Montemayor apretó los labios, intentando ocultar la rabia y la envidia en sus ojos.

—Una impostora, y estos ilusos no se dan cuenta... Por eso nunca logran superar al Colegio General San Martín en los exámenes de ingreso universitario. Pero mientras sean así de ingenuos, mejor para mí. Si consigo que la familia Montemayor saque ventaja de esto, podré subir de rango dentro de la familia —pensó Jacinta, perdida en sus sueños de grandeza.

Pero Vanesa no estaba para entretener los delirios de Jacinta.

—¡No, Vane! La próxima semana es el cumple de sesenta de mi abuelo, y sigo esperando que me consigas algo especial —Yago hizo puchero, fingiendo estar a punto de llorar.

Ese comentario les hizo caer el veinte a todos: por poco y Jacinta los arrastra con su drama.

En su círculo social, cualquier cosa que se pudiera comprar con dinero era asunto menor. El verdadero valor estaba en conseguir regalos tan raros que demostraran el poder y conexiones de la familia. Ellos mismos habían intentado conseguir esas cosas, pero nadie les hacía caso. Pero Vanesa era diferente: si ella decía que podía conseguirlo, lo lograba, aunque a cambio siempre pedía algún favor o intercambio especial.

¿Y que todo eso era solo porque era la joven ama de la familia Montemayor? Nadie se tragaba ese cuento.

El grupo siguió platicando entre risas y gritos. Estrella, al ver la cara dura de Jacinta Montemayor, no pudo evitar bostezar con aburrimiento.

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