Suspirar no resolvía nada, había que hacerlo bien. Vanesa miró a su alrededor y apenas entonces recordó que ya no estaba en casa de los Montemayor, así que, por supuesto, no tenía pinturas ni nada por el estilo. La última vez le había pedido a David que le trajera una pequeña caja, pero se la había dado toda a Camila; no se había quedado ni con un solo bote.
Resignada, Vanesa se levantó con la idea de pedirle a Camila un poco de pintura prestada. Tocó el armario; la cortina se movía suavemente por la brisa, pero todo estaba en silencio. Vanesa ya estaba acostumbrada, pensando que la niña otra vez estaba metida de lleno en sus dibujos, así que decidió abrir la cortina de una vez.
Pero no había nadie.
Justo cuando Vanesa iba a bajar la cortina de nuevo, algo la detuvo: se quedó mirando la pintura junto a la ventana. Era un cuadro oscuro, salpicado de manchas rojo oscuro. La imagen parecía retorcerse de manera extraña, casi diabólica. Aunque afuera hacía un calor sofocante de verano, ese cuadro conseguía que el aire a su alrededor se sintiera pesado, como si bajara la temperatura de pronto.
Sin pensarlo mucho, Vanesa se acercó al cuadro. Apenas extendió la mano, Camila apareció de la nada, agarró su mano y la mordió con furia. Vanesa sintió los dientes clavándose en su piel, el dolor era tan real que parecía que la niña quería arrancarle un pedazo.
—¡Ay! —Vanesa hizo una mueca de dolor y aspiró aire—. Cuando trató de apartar la mano, Camila reaccionó temblando, los ojos cargados de terror, y apretó la mordida aún más fuerte.
Vanesa tenía un instinto muy agudo para captar emociones y, en ese momento, le cruzó por la cabeza una idea que prefirió no aceptar. Frunció el ceño, el dolor seguía, pero en vez de apartar de golpe a la niña, levantó la otra mano y le acarició la cabeza, despacio, como queriendo calmarla.
El movimiento fue tan natural, tan inmediato, que cualquiera diría que Vanesa tenía años lidiando con mordidas y berrinches. Pero ni gritos ni pataleos… Camila, al sentir esa calma y ese cuidado, se tranquilizó.
Parpadeó varias veces, sus ojos ahora limpios, sin ese miedo de antes, y se encontró con la mirada de Vanesa. Ya no había rechazo, solo una especie de resignación.
Al revisar la herida, vio que alrededor estaba morado y con pequeñas gotas de sangre saliendo. Su piel blanca hacía que la marca de la mordida se notara más, daba hasta miedo de solo verla. Por suerte, era la mano izquierda y podía limpiarla sin mucho problema.
Destapó el frasco de agua oxigenada y lo derramó sobre la herida sin siquiera parpadear. El líquido burbujeó y Vanesa lo secó rápido antes de sacar el yodo para terminar de curarse. Sus movimientos eran ágiles y precisos, sin mostrar ni un gesto de dolor.
Abrió una gasa, se la puso en la boca y con la otra mano empezó a vendar la herida con toda la práctica del mundo.
Justo entonces, escuchó las voces de Irma y los otros afuera, y al instante siguiente, la puerta principal se abrió de golpe.

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