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La Princesa romance Capítulo 43

—¡Vane! ¿Qué... qué pasó aquí? —La sonrisa de Irma se borró en un segundo, y ni siquiera se molestó en cambiarse los zapatos; corrió enseguida hasta quedar frente a Vanesa, sentándose con las manos juntas, la cara llena de angustia y sin saber qué hacer.

Aurelio y Federico, que justo se estaban quitando los zapatos, escucharon el alboroto y también se acercaron rápido. En un abrir y cerrar de ojos, Vanesa quedó rodeada por los tres, todavía con la mano envuelta en vendas.

—No es nada, solo me hice esto por accidente —contestó Vanesa, algo incómoda ante tanta preocupación repentina.

—Déjame ver, ¿te duele mucho? ¿Cómo fue que te pasó esto? —Irma intentó tomarle la mano, pero Vanesa la retiró por instinto. Sin embargo, Federico fue más rápido y le sujetó la mano con firmeza, su expresión era seria.

Vanesa soltó un suspiro y comenzó a quitarse la venda ella misma. Irma abrió los ojos como platos y se llevó la mano a la boca, el dolor se reflejaba en su mirada.

—¿Fue Camila quien te mordió? —preguntó Federico, el ceño bien marcado.

No tenía sentido ocultar la verdad, tampoco podía inventar que ella misma se había hecho eso.

—Fue un malentendido, me acerqué sin pedirle permiso. Solo es una herida pequeña, no se preocupen.

—Vamos, yo te llevo al hospital. Eso no se ve nada bien, mejor que lo revise un médico, no sea que te quede marca —dijo Aurelio, poniéndose de pie y sacudiéndose el polvo de la ropa.

—No hace falta, de verdad. Si están tan preocupados, más tarde paso a la farmacia por una pomada y en dos días ya estaré bien.

Aurelio soltó un bufido y se dirigió rumbo al cuarto de Vanesa, con una sombra de enojo en la cara. Por suerte, Vanesa reaccionó rápido y le sujetó la muñeca justo a tiempo. Su mano izquierda estaba tensa y la herida se notaba aún más.

—Papá, ¿a dónde crees que vas?

—No hay excusa para que te haya dejado así. Por lo menos debería salir a pedirte perdón, no puede quedarse encerrado como si nada —Aurelio, quien siempre había sido un papá cariñoso frente a Vanesa, ahora lucía más bien como una tormenta a punto de estallar.

La pregunta de Vanesa sacó a Federico de sus pensamientos y dejó a Aurelio y a Irma sorprendidos. Se miraron entre sí, buscando respuestas en los ojos del otro.

—No, nada de eso —Irma no entendía por qué Vanesa de repente preguntaba algo así, aunque no dejó de vendarle la mano y le hizo un moño bonito.

—Cami siempre ha sido callado, pero nunca había estado tan aislado como ahora. Cuando notamos que algo iba mal, fuimos al kínder a revisar las cámaras y no vimos nada raro. Las maestras decían que era muy atento, que ponía atención en clase y que en los recreos se quedaba dibujando en su lugar. A veces jugaba con otros niños.

—Pero lo raro fue que, cuando pasó al último grado, dejó de convivir con los demás. Siempre estaba solo y si alguien se le acercaba, ni caso les hacía. En ese tiempo aquí en la casa todo iba de cabeza, así que no pusimos mucha atención. Hasta que un día se peleó con unos niños y ahí nos dimos cuenta de que estaba enfermo.

Irma bajó la voz, cargando con la culpa.

—Ojalá hubiera estado más pendiente de Cami. Es que esos años todo estaba tan difícil en casa, así que lo dejaba solo y... la verdad es que no le puse la atención que merecía.

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