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La Princesa romance Capítulo 41

—Las cosas que necesitan confirmarse en persona, las vemos en la tarde cuando pase por allá. Hoy sí te tocó pesado, así que te apruebo que mañana en la mañana no tienes que venir a trabajar.

—Gracias, jefa. Buenas noches.

La respuesta de Esmeralda llegó volando, ni un segundo de duda.

Vanesa ya estaba acostumbrada a ese ritmo tan eficiente de Esmeralda, así que no le contestó nada más y cerró la laptop de un golpe suave. Por pura costumbre, agarró el vaso de agua que tenía junto a la cama, solo para darse cuenta de que estaba completamente vacío.

Suspiró. Guardó la computadora, se estiró para relajar el cuerpo adormilado y, con el vaso en mano, se levantó para salir de la habitación. Justo al abrir la cortina, sin esperarlo, se topó de frente con una mirada tan oscura y profunda que la dejó paralizada.

Se le enchinó la piel. Solo al encender la luz y ver de quién se trataba, pudo respirar tranquila.

—¿Te desperté? —preguntó al ver que quien estaba ahí era Camila. Ella apoyaba la mano sobre el marco de la puerta, pero no apartaba los ojos de Vanesa.

Camila negó con la cabeza, abrió la puerta y salió del cuarto. Vanesa fue tras ella, la vio dirigirse al baño, y entonces ella misma avanzó hacia la cocina para servirse un poco de agua.

Cada una se ocupó de lo suyo, sin decir una sola palabra. Cuando terminaron, Vanesa apagó la luz y, aunque la noche no se sintió del todo tranquila, por fin pudo descansar.

...

Al parecer la desvelada del día anterior la dejó agotada, porque Vanesa durmió como un tronco. Echó un vistazo al celular: apenas eran las diez.

Se desperezó, se levantó y fue directo al baño a lavarse la cara. La casa seguía en completo silencio. En la olla eléctrica de la cocina, alguien había dejado sopa calentándose, y al lado, pegada con cinta, una nota: “Vanesa, no olvides desayunar cuando despiertes”.

El chismorreo en esa escuela era de otro nivel: si algo cambiaba en la familia de cualquier estudiante, la dirección lo sabía antes que nadie. Por eso, recibir el paquete no le causó mayor asombro a Vanesa.

Había otra costumbre muy particular en ese colegio: para estimular la creatividad, el primer día de clases todos los estudiantes debían customizar una camiseta blanca que proporcionaba la escuela, y al final, los propios alumnos votaban de manera anónima para elegir el diseño más original.

Cada año el premio cambiaba. Aunque allí casi todos venían de familias adineradas y los premios escolares no les quitaban el sueño, la verdad es que el concurso se volvía un mega evento, porque a esa bola de privilegiados les sobraba tiempo y ganas de presumir. El ambiente era tan relajado y divertido que todo mundo participaba, algunos llegaban hasta con aerosoles para crear sus diseños al momento.

Claro, la cosa se les había ido de las manos una vez, cuando alguien grafiteó todo un edificio escolar. Desde entonces, solo les permitían intervenir zonas específicas para las creaciones de graffiti.

Vanesa miró la camiseta blanca dentro de la caja y soltó un suspiro. No era que le preocupara el diseño, porque para pintar era mala, pero siempre había tenido buen ojo para los colores y la estética. Nunca se había llevado el primer premio, pero por alguna razón, sus combinaciones de colores a veces marcaban tendencia y por unos días todos andaban imitando su estilo.

El suspiro, entonces, no era por la camiseta, sino porque podía adivinar lo que le esperaba mañana, apenas pusiera un pie en la escuela: un ambiente denso, miradas pesadas y ese silencio incómodo que precede a los chismes.

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