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La Princesa romance Capítulo 235

—Pásale, ¿dónde andabas? ¿No te diste cuenta que tienes la manga del suéter toda jalada? —Bernardo notó de inmediato los hilos sueltos de la manga de Vanesa.

—Me la atoré por ahí —contestó Vanesa, algo apenada, sin animarse a admitir que lo había hecho al meterse por uno de los callejones.

—Anda, sube a cambiarte y bajas cuando termines.

Si hubiera sido otra persona, Vanesa seguro hubiera dado la vuelta y se iba. Pero tratándose de Bernardo, hasta ella se aguantó y obedeció sin chistar.

En cuanto Vanesa subió, Bernardo le torció la oreja a David, quien apenas pudo cubrirse del dolor, frunciendo el gesto.

—¡Pa, suéltame! ¡Ay, ay, ay, me duele!

—¿Así que sí te duele, eh? Te pedí que trajeras a Vane de regreso, ¿y tú qué hiciste? ¿Qué te hiciste en la cabeza? ¿Qué es ese color?

—Pero si se ve chido, mira nada más —David hasta sonreía, orgulloso.

Bernardo, ya molesto, le soltó un zape bien dado.

—¿Y así quieres que te tomen en serio como estudiante? Si quieres pintarte el pelo, hazlo en vacaciones. Pero mañana, antes de ir a la escuela, me lo vas dejando como estaba.

—¡Pero si apenas me lo pinté! Cambiar dos colores tan de golpe me va a dejar el pelo hecho trizas —refunfuñó David.

—Entonces te lo rapas —le soltó Bernardo con voz tajante.

David hizo una mueca, resignado.

—Ay, ya deja, yo tengo mis planes.

Bernardo lo miró de reojo, medio desconfiado.

—¿Así piensas convencer a Vane de volver a clases?

—¡Eso! ¡Pa, tú sí me entiendes! —David, haciéndose el compa, le echó un brazo al hombro a Bernardo, aunque tuvo que ponerse de puntitas para alcanzar.

—Señora Ríos, ¿no iba usted para abajo? ¿Qué hace aquí? —Vanesa ni se sorprendió, ya estaba acostumbrada a las ocurrencias de Alba.

—¿Bajar para qué? ¿Oír a tu señor Lobos sermonear otra hora? Siempre dice lo mismo, desde que era niña lo aguanto, te juro que ya hasta callos tengo en los oídos —Alba se sentó y se metió el dedo en la oreja, fastidiada.

—¿Siempre fue así el señor Lobos, de andar sermoneando?

—Mis papás se murieron cuando yo estaba chiquilla, fue tu Valentín quien me crió. Una vez, cuando andaba de voluntario en un pueblo, se trajo a tu señor Lobos. Desde entonces, los tres juntos, toda la vida. Ni en la universidad nos separamos, siempre en el mismo lugar.

A Alba se le notaba el cariño en la voz y la sonrisa, irradiando una nostalgia contagiosa que llenaba el cuarto.

—En ese tiempo, yo era malísima para el inglés. Entre más le echaba ganas, peor me iba. Me entró la rebeldía y dije: ¡Ya no quiero estudiar! El pobre Lobos se desesperaba y buscaba mil formas de convencerme. Me sermoneaba diario, y cuando me veía cansada, me llevaba a pasear o me compraba algo rico. Así, regañándome y consintiéndome, me hizo entrar a su universidad.

Vanesa soltó una risita. Eso sí que le cuadraba con la personalidad de Alba.

—Y aquí seguimos, después de tantos sermones. —Alba se hizo a un lado y le dio palmaditas al colchón, invitando a Vanesa a acostarse junto a ella.

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