—La neta, hasta con ese cabello de colores pareces modelo, ¿eh? —David sacó el celular, pasó un brazo sobre los hombros de Vanesa y —clic—, la foto de ambos con el cabello de colores ya estaba guardada para siempre.
Vanesa miró la foto, sin saber qué decir. Volvió a verla, y aunque intentó aguantarse, una sonrisa se le escapó. Al tercer vistazo, los dos se echaron a reír al mismo tiempo.
Caminando por la calle, ambos parecían dos loros andantes, llamando la atención de todos. Pero a ellos no les importaba; seguían de la mano, caminando como si el mundo fuera suyo, rumbo a casa.
...
Mientras tanto, Alba no podía estar tranquila en casa.
Llevaba rato esperando a que David regresara con Vanesa. Miraba el reloj de la pared, se asomaba a la ventana, pero nada. Ni siquiera la novela que tanto le gustaba la distraía.
—Bernardo, ¿por qué David y Vane no han llegado todavía?
—David dijo que iban a comer algo antes de venir, ¿no? Ya no deben tardar. Tú tranquila —Bernardo le acercó un vaso de agua tibia, se sentó junto a ella y le pasó el brazo por los hombros, dándole unas palmaditas para calmarla.
—El profe dijo que Vane lleva una semana sin ir a clases, no contesta el celular y ni a comer viene. Sí, por mensaje nos responde, pero…
—¿Y la foto que mandó David? Mira, en la adolescencia es normal que se pongan rebeldes. Hay que guiarlos, no llegar y regañar a lo loco. Si no, solo logras que se ponga peor…
—¡Ya sé, ya sé! —Alba lo interrumpió. —¿Cuándo la he regañado yo?
—¿No te acuerdas la vez pasada, cuando le dio fiebre de treinta y nueve grados? La traías a puro sermón toda la mañana.
—Eso fue diferente. Se hacía la que no tenía nada, y si no es por Davi que se dio cuenta, quién sabe qué habría pasado. Por eso luego salió con que tenía que ir a la escuela a adelantar tareas.
Justo en ese momento, se escuchó ruido en la puerta.
...
—¡Ya llegaron! ¿Comieron o no? —La voz de Alba sonó de lo más dulce, como si no hubiera estado lista para regañarlos hace un segundo.
Bernardo, aunque ya se había hecho a la idea, al ver el cabello multicolor de los chicos, cerró los ojos y soltó un suspiro. Alba, en cambio, tenía los ojos bien abiertos y una sonrisa de niña traviesa, como si le dieran ganas de ir a pintarse el pelo también.
Vanesa, escondida detrás de David, bajó la cabeza y ajustó la gorra nerviosa.
—Señor Lobos, señora Ríos… —murmuró, esperando la reacción.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Princesa