Vane siempre supo que los Lobos la trataban bien por compasión, y a veces, solo porque sus papás querían verla un poco más. Por eso, nunca se quejaba. Incluso, ella misma les pedía a los Montemayor que le consiguieran más y más cursos.
Hubo temporadas en las que apenas dormía tres o cuatro horas al día. Aun así, jamás recibió una palabra de aliento o reconocimiento de parte de los Montemayor. Ni una sola.
En cambio, fue Bernardo quien notó que algo andaba mal. Cuando la tercera vez que una maestra le avisó que Vanesa se había quedado dormida en clase, Bernardo no lo pensó dos veces. Se apareció en la escuela, la recogió, y la llevó directo a casa. Le pidió a Alba que la vigilara para que descansara y, sin darle opción, canceló varios de sus cursos.
Era la primera vez que Bernardo se mostraba tan firme. Vanesa quiso protestar, pero al final se echó para atrás.
...
Pero cuando Vanesa entró a la secundaria, le llegó la etapa rebelde.
Dejó de ir a todos los cursos y talleres. En la primera evaluación del año, entregó su examen en blanco. Se la pasaba deambulando por las calles, metiéndose en pleitos, y justo antes de que los Montemayor regresaran a casa, se tiñó el cabello con todos los colores que encontró.
Aun así, los Montemayor solo le echaron una mirada. No le dijeron ni una palabra más.
Pasó una semana sin ir a la escuela ni a casa de la familia Lobos. Finalmente, fue en un callejón donde David, que también se había escapado de clases ese día, la encontró.
La primera reacción de Vanesa fue echarse a correr. Pero David, que ya se la sabía, la estaba esperando justo en la salida. Cuando la vio, la abrazó sin que pudiera escaparse.
—A ver, señorita fugitiva, quedas detenida. Ni intentes resistirte —bromeó David, apretándola un poco más.
Vanesa suspiró y salió de su abrazo.
Su cabello multicolor casi le saca lágrimas a David, pero, bueno, Vanesa siempre se veía bien. Si hubiera sido otra persona, seguro habría parecido una tragedia.
—Vane, sí que te pasaste —le soltó David, apretando los dientes, medio enojado pero sin poder evitar reírse por el desastre.
David casi nunca le decía “Vanesa” completo. Cada vez que lo hacía, era porque ya estaba a nada de perder la paciencia.
Vanesa no dijo nada. Desvió la mirada, negándose a mirarlo de frente.
David suspiró otra vez. Sabía bien lo que estaba pasando. Quiso decirle algo, pero se quedó callado. Solo se quitó su gorra y se la puso a Vanesa, abrochándosela bien.
Después de eso, le puso la mano en la cabeza, con un gesto casi de hermano mayor, transmitiendo algo de autoridad.
—¿No tienes miedo de que el señor Lobos te corra de la casa a escobazos? —le soltó, con una sonrisa nerviosa.
—Espérame aquí —David le puso las manos en los hombros y la hizo sentarse bien, luego subió al segundo piso con el estilista.
Antes de subir, se aseguró de pedirle un café y algo de comer a Vanesa, para que esperara tranquila.
...
Cuando terminaron, ya era casi noche.
Vanesa se quedó sin palabras al ver a David con el cabello de todos los colores posibles.
—¿Y? ¿Cómo me veo? —preguntó David, con una media sonrisa.
—Pésimo —contestó Vanesa, haciéndole una mueca mientras se acababa su café y tiraba el vaso directo al bote de basura.
David se pasó la mano por el cabello y se miró en el espejo. Por su expresión, parecía bastante orgulloso del resultado.

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