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La Princesa romance Capítulo 142

—Elías.

Era la primera vez que alguien lo llamaba así y Elías tardó unos segundos en reaccionar.

—¿Tienes hambre? ¿Quieres que la señora te prepare algo rico?

Elías quiso hacerse el fuerte, pero el estómago lo traicionó con un gruñido que no pudo disimular.

Desde la noche anterior no había probado bocado, tampoco había dormido bien y, para colmo, esa mañana se le fue la cabeza dándole vueltas a todo, así que se fue de la casa sin desayunar. Al principio estuvo escondido en una tienda de comida rápida, pero después de que los empleados le preguntaran varias veces por sus papás, terminó saliéndose.

La calle estaba llena de gente y él no tenía ni idea de a dónde ir. Levantó la mano para parar un carro al azar y, sin darse cuenta, terminó llegando a esa zona. Gracias a que ya había estado ahí antes, logró dar con el lugar, y para su sorpresa, sí lo encontró.

—Yo… quiero comer pastel de maíz —murmuró Elías, evitando la mirada de Irma.

Irma se fijó en cómo se le ponían rojas las orejas y le costó no reírse. Asintió, aunque después se dio cuenta de que él ni la estaba mirando.

—Listo, la señora te lo prepara en un ratito. Pórtate bien, ¿sí? —dijo, y luego se volvió hacia Camila.

—Cami, cuídense tú y Elías, ¿de acuerdo? Ahora mismo les preparo el pastel de maíz. Jueguen aquí en el cuarto, nada de andar corriendo por toda la casa ni de pelearse.

Camila asintió con la cabeza. Aunque Irma dudó un poco, terminó yéndose a la cocina.

...

En el cuarto quedaron solo ellos dos, y ninguno decía nada.

Camila se fue directo a su escritorio, sacó sus pinturas y empezó a preparar todo para dibujar. Elías, aburrido, se dedicó a recorrer el cuartito acompañado del perro, explorando cada rincón, aunque el espacio estaba dividido apenas en dos zonas.

—¿De verdad Vanesa está bien de la cabeza? No quiso venirse conmigo a la casa grande, prefirió quedarse apretujada en este lugar tan chiquito —Elías fruncía los labios, meneando la cabeza y con las manos atrás, imitando a un adulto serio.

—¿Q-qué? —balbuceó Elías, tragando saliva.

Camila no dijo nada y fue directo a agarrar el libro, pero Elías levantó la mano por instinto. Los ojos grandes de Camila lo miraban fijamente, llenos de reclamo.

Ella dejó el pincel y estiró la mano, pero Elías le sonrió con picardía, se paró y sostuvo el libro aún más lejos.

—Eh, no te lo voy a dar, no te lo voy a dar —le hizo una mueca, moviendo el libro de un lado a otro, encantado con el juego.

Camila se puso de pie y, cada vez que ella intentaba alcanzarlo, Elías alzaba más el libro. Si ella retiraba la mano, él lo bajaba y se lo ponía enfrente, provocándola una y otra vez.

Camila, agitada, fue directo a lanzarse sobre Elías. Él retrocedió y, justo cuando iba a caerse, agarró la mano que Camila había estirado. Pero Camila, en vez de sostenerlo a él, tomó el libro con fuerza.

—¡Raaas!— El sonido llenó el cuarto al tiempo que Elías caía al suelo y el libro se rompía en dos.

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