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La Princesa romance Capítulo 141

—¿Qué le pasa?

Elías miraba con cara de duda, mientras Vanesa le hacía una seña de “shhh” y se acercaba despacio hacia la esquina del cuarto. Esta vez, con la experiencia previa, no se atrevió a tocar a Camila de golpe; prefirió sentarse justo enfrente de ella.

—Camila… —Vanesa suavizó su voz al máximo.

Elías, al ver la escena, se le notaba la incomodidad hasta en la expresión; parecía que podía colgar una botella de aceite en la boca de lo tenso que estaba. Aun así, se contuvo y simplemente desvió la mirada, como si ignorarlo fuera suficiente para no sentirse peor.

—¿Jacinta te hizo algo malo?

—No puedo decir, duele. —La voz de Camila sonaba como la de una niña chiquita, y después de tanto tiempo sin hablar, ya se le notaba la falta de práctica. Aunque entendía perfectamente, al hablar parecía que apenas empezaba a aprender.

Aun con esas palabras tan cortas, Vanesa y Elías captaron lo que Camila quería decir.

—¿Entonces sí la maltrató esa mujer? No lo dudaría, si no fuera por Trueno, la que estaría en el hospital sería yo… ¡Qué señora tan venenosa, peor que yo!

Vanesa no pudo evitar reírse por lo bajo ante ese comentario, aunque también le daba algo de pena.

—¿Ves? Al menos sabes cómo eres.

Elías soltó un bufido, más orgulloso que avergonzado.

Ya nada quedaba del niño que hace rato parecía tan indefenso y sentido.

Vanesa volvió a centrar su atención en Camila. Le extendió la mano, la palma hacia arriba.

—Ven, ya no vas a sufrir más.

Los ojos de Camila eran como los de un venadito en el bosque, llenos de miedo pero también de una luz limpia y tierna. Miró a Vanesa, y poco a poco el temor se fue disolviendo. Finalmente, puso su mano sobre la de Vanesa.

Vanesa sonrió, los ojos y la boca se le llenaron de calidez. Luego le revolvió el cabello a Camila en un gesto cariñoso, y su expresión se volvió aún más ligera.

—Vengan —Vanesa le hizo señas a Elías también.

—¿Y ahora qué quieres? —Elías fingió molestia, pero igual se acercó, arrastrando los pies y el trasero como si cada centímetro le costara trabajo. Vanesa ni se molestó en apurarlo, solo lo vio avanzar poquito a poco.

—¿Y la otra, cómo está?

Vanesa suspiró, resignada, y salió del cuarto sin decir nada más.

—Mamá, salgo un momento. Échale ojo a Elías, ¿sí? Si se pone necio, me marcas.

—¿Y tú a dónde vas tan apurada?

—Ah, por cierto, Elías se va a quedar aquí a dormir hoy. Mañana lo llevo de regreso. Anduvo peleando en su casa y anda de chillón.

—Está bien —Irma miró hacia el cuarto abierto y luego salió corriendo tras Vanesa—. ¿Vas a regresar en la noche?

—Sí —Vanesa se puso los zapatos y abrió la puerta—. Ya me voy.

—¡Esta muchacha! Siempre anda de carrera —Irma murmuró, pero no podía ocultar la preocupación. Se asomó al balcón y se quedó viendo cómo Vanesa salía hablando por teléfono y doblaba la esquina. Solo entonces, algo más tranquila, volvió adentro.

Los dos niños seguían en el cuarto, cada quien en su mundo, pero al menos no parecía que fueran a agarrarse a golpes. Trueno, el perro, miraba a Irma desde el pasillo y movía la cola como pidiendo permiso. Irma solo le sonrió con incomodidad y no se atrevió a entrar por completo al cuarto.

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