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La Princesa romance Capítulo 143

Era como si el aire se hubiera quedado estancado, ninguno de los dos se movía ni decía una palabra.

Camila tenía el labio tembloroso, con esa expresión de quien está a punto de llorar, pero se aguanta. Elías se puso nervioso; él siempre hacía bromas a quienes eran mayores que él, pero nunca se había metido con alguien de su edad, y mucho menos con alguien más chico.

Solo estaba aburrido y quería molestar un poco a Camila, nada más. Pero… jamás se imaginó que las cosas terminarían así.

Tragó saliva, apresurándose a recoger los libros que se habían desparramado por el piso y los apiló torpemente, luego se los alargó a Camila. Como Camila no los tomó, Elías le agarró la mano y le puso los libros encima.

—No fue mi intención, de verdad. No llores, te juro que te compro uno nuevo, ¿sí? O si quieres, te traigo diez… o cien… ¡de verdad que no lo hice a propósito, no llores!

Elías sentía una angustia horrible.

—Si de plano no hay remedio, pues llora, pero prométeme que no le vas a ir a contar a Vanesa. Si no, seguro me borra la cuenta.

Sí, Elías de pequeño cometió la estupidez de molestar a un niño de su edad. Cuando Vanesa se enteró, no dudó en borrar todas sus cuentas de juegos y hasta lo arrastró a pedirle disculpas al afectado. Desde entonces, nunca más se metió con alguien de su edad o menor.

Viendo a Camila tan callada, Elías sentía un remordimiento que lo carcomía. Trueno, el perro, también se acercó a Camila y le restregó la cabeza, buscando calmarlo.

Ese gesto al fin pareció sacudir a Camila. Se levantó despacio, guardó los libros en el mueble y, aunque no lloró, regresó al caballete y se sentó de nuevo. Tomó el pincel y esa única flor amarilla que había pintado, la cubrió de negro, dejando el cuadro hecho un desastre.

Elías, al ver eso, se asustó todavía más. Se acercó y le tocó el brazo con mucho cuidado, pero Camila, al mover el pincel, cruzó una línea en el dibujo que no iba.

Camila le echó una mirada fugaz, con los ojos todavía rojos, pero sin ninguna emoción.

Elías desvió la vista y murmuró:

—No te enojes, en serio. No fue con mala intención… solo es un cuaderno, te traigo cien mañana si quieres.

Esta vez, pensaba hacer lo mismo.

—¿Quieres ayudarme en la cocina, manito?

Elías miró a Irma y notó algo en su cara que jamás había visto en Yolanda Romo: esa expresión tranquila y cariñosa. En sus recuerdos, Yolanda siempre tenía el ceño fruncido, aparecía de prisa y desaparecía igual de rápido.

Hasta se podía contar con los dedos de una mano las veces que comieron juntos. Ni siquiera cuando él fue a estudiar a Melbourne, Yolanda se tomó el tiempo de visitarlo, aunque él hubiera estado enfermo…

—Sí… —asintió, apenas dejando oír su voz.

Ambos se metieron a la cocina. Irma, para facilitarle la vida a Elías, le acercó un banquito para que pudiera alcanzar la mesa. La verdad, el niño, tan acostumbrado a que todo se lo hicieran, casi no servía de ayuda; si no rompía los platos, ya era ganancia.

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