Elías, por puro instinto, cerró los ojos, pero eso solo hizo que sintiera con mayor claridad cómo Vanesa lo abrazaba aún más fuerte, como si con ese gesto le dijera: “No voy a dejar que te lleven”.
Ese abrazo le dio una tranquilidad inexplicable. Cuando abrió los ojos de nuevo, vio el perfil de Vanesa, la mandíbula tensa, la mirada clavada en el tipo de negro, con una determinación que parecía decir que estaba dispuesta a todo.
—¡Oigan! ¿Qué están haciendo? —gritó un guardia de seguridad que bajaba corriendo a medio cerro, agitando su bastón.
—Maldita sea —murmuró el hombre de negro, apretando los dientes antes de dar media vuelta. El carro arrancó y los dos sujetos que quedaban corrieron a subirse, largándose de ahí a toda prisa.
El guardia se acercó rápidamente, rodeándolos con la mirada preocupada.
—Chavos, ¿están bien?
Vanesa soltó a Elías y se incorporó despacio. Había recuperado su expresión tranquila de siempre; incluso al ver su propio brazo ensangrentado, apenas arrugó la frente.
—Podría llamar a la policía, por favor —pidió, sin titubear.
—Vanesa... ¿estás bien? —preguntó Elías, con la voz entrecortada. La imagen de Vanesa se le hacía borrosa, y las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a caer sin control.
Se limpió la cara, pero no sirvió de nada; el llanto seguía brotando sin freno. Sus manos estaban llenas de cortadas, el cabello hecho un desastre con pedazos de hoja atorados, la camisa rota y sucia. Parecía un niño perdido en la calle.
Vanesa pensó en regañarlo, pero solo le quitó las hojas de la cabeza y le revolvió el cabello con ternura.
—Chavo, ¿este celular es tuyo? —preguntó el guardia, buscando el origen de un sonido y levantando el teléfono de Vanesa.
—Sí, gracias —contestó ella, apagando la alarma de emergencia.
—¿Y ustedes, de qué familia son?
—De la familia Montemayor.
—El señor Montemayor está ocupado, dice que todo lo vea con el encargado de la casa.
—Quédese un rato, Claudio debe estar por llegar —dijo Vanesa, como si todo aquello fuera normal, sentándose en el sofá. Jazmín, con la cara llena de preocupación, trajo la caja de primeros auxilios y llamó al médico de la familia.
—Ay, Dios... esto... —Jazmín miró la herida y tragó saliva, sin atreverse a tocarla.
Vanesa, en cambio, tan tranquila como si la herida no fuera suya, le fue indicando a Jazmín cómo limpiarla y cubrirla.
En poco tiempo, Claudio llegó junto con la policía. Preguntaron todo lo sucedido; Vanesa respondió con calma, hasta dio el número de placas y describió con detalle a dos de los hombres.
—Hiciste muy bien, pero fuiste demasiado impulsiva. Si el guardia no llega, a los dos se los llevan —le recriminó Claudio con preocupación.
—Agradece al policía y al guardia —le indicó Vanesa a Elías, dándole unas palmadas en la cabeza. Elías, todavía en shock, obedeció sin protestar.

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