—La próxima vez no andes corriendo por ahí, ¿sí? Mira nada más cómo dejaste a tu hermana, todo por irte a la deriva. Un verdadero hombrecito debe proteger a su hermana, ¿eh? —El policía le revolvió el cabello a Elías y, tras eso, siguió a Claudio hacia afuera.
En la sala solo quedaron Jazmín, Elías, Vanesa y el médico de cabecera, que estaba terminando de vendarle la mano a Vanesa.
—Listo, en estos días procura no mojarte. Si te da fiebre, avísame en cuanto puedas. Y nada de comidas picantes, ¿de acuerdo?
—Entendido, muchas gracias por todo.
—No hay de qué, de verdad.
—Jazmín, acompaña al doctor, por favor.
...
Ahora, la sala quedó solo para los hermanos. Vanesa se recargó en el sillón y cruzó la pierna, mirando a Elías, que se acurrucaba en una esquina del sofá.
—¿Ahora sí te pegó el susto, no? —le soltó con una media sonrisa.
Elías bajó la mirada, sin atreverse a responderle. Se le notaba inquieto.
Ver al pequeño diablillo tan apocado era algo raro. Vanesa perdió el ánimo de seguir regañándolo. Viendo la carita de Elías, pensó que por fin se iba a calmar un poco, aunque fuera por unos días.
La medicina que le había dado el doctor no era tan efectiva; seguro tendría que ir a la clínica al día siguiente, aunque ya se imaginaba al viejo soltándole algún sermón...
—Perdón.
Vanesa, que ya andaba en las nubes, volvió en sí.
—¿Qué dijiste?
—Perdón… Yo no pensé que esto iba a pasar. Solo… no quería ir a clases, no quería que te lastimaras, no pensé que iba a salir así… perdón… de verdad, perdón…
Y conforme hablaba, Elías se echó a llorar como si se le fuera la vida. Entre lágrimas, no hacía más que repetir “perdón”.
Vanesa lo miró con cierto fastidio al principio, con las lágrimas y mocos escurriéndole por todo el rostro, pero al final solo pudo suspirar.
Al principio, Vanesa pensó que traía algo raro, pero después lo dejó ser.
No pasó mucho para que atraparan a los tres tipos, aunque nadie esperaba que fueran delincuentes de carrera, con dos muertes encima ya.
La primera vez, le cortaron las manos y las piernas a la víctima para presionar a los padres a pagar, pero por su ignorancia, la persona murió desangrada antes de llegar al hospital. En el segundo caso, como no recibieron el dinero, mataron a su rehén. Elías… habría sido la tercera víctima.
La noticia llegó a la tele, y fue entonces que Elías se dio cuenta de lo cerca que estuvo de no regresar nunca.
Desde entonces, Elías despertaba gritando en las noches. Cuando Vanesa se enteró, el niño ya andaba con ojeras tan profundas que casi se le caían a los pies.
Un día, al pasar por una tienda de mascotas, Vanesa —sin saber por qué— se llevó un perro a casa. Era tan listo que desde el primer instante no se despegó de Elías.
—No tienes dueño, ¿eh? Pues ahora eres tuyo —le soltó Vanesa, dejando al cachorro junto a él.
Elías, viendo que Vanesa seguía lastimada, no le discutió nada. Lo recibió con una sonrisa enorme. Y casi como por arte de magia, Elías dejó de tener pesadillas. Ese perro sería desde entonces Trueno.
Poco después de todo esto, Elías fue enviado a Melbourne.

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