—¡Suéltenme! ¿Quiénes son ustedes? ¡Déjenme ir! —Elías pataleaba con todas sus fuerzas, movía la cabeza de un lado a otro intentando zafarse, pero el tipo no le daba tregua y le tapaba la boca con la mano.
—Tranquilo, chiquillo, si te portas bien no te va a doler —le soltó uno de los tipos, con una mueca burlona.
—Eso, no queremos problemas. Solo queremos dinero. Si te callas, te vamos a dejar ir en cuanto lo tengamos —añadió otro, con voz seca.
—¡Déjenme! ¡Déjenme! ¡Ayúdenme!… ¡auxilio! —Elías gritaba desesperado, pero la mano enorme del tipo le cubría la cara casi por completo. No se dejó vencer y, de puro coraje, le mordió la mano. El hombre soltó un alarido, agitando el brazo en el aire para sacudírselo.
Aprovechando ese momento, Elías gritó con más fuerza. Los ojos le ardían, pero no lloró. Solo pataleaba, gritaba y pedía ayuda, plantándose con una terquedad que no parecía de un niño tan pequeño.
—Ya llegó el carro, ¡rápido, métanlo! —ordenó uno.
—Este mocoso parece anguila, no se deja agarrar —gruñó el tipo, y terminó cargando a Elías bajo el brazo, como si fuera un costal.
De pronto, un mochilazo le pegó directo en la espalda.
El hombre soltó un quejido, aflojó el agarre y Elías se escabulló de inmediato. Otro de los tipos intentó atraparlo, pero un golpe volador lo tiró al suelo.
—¡Maldita sea! ¿Quién eres? —reclamó el hombre, raspándose el codo en el pavimento. El dolor y la sorpresa lo hicieron soltar una grosería.
—Ey, ¿qué pasa allá? —preguntó alguien más, bajando de un carro negro que acababa de estacionarse.
—¡Maldita mocosa! ¡Te atreves a meterte en lo que no te importa! —el tipo del mochilazo, furioso, aventó la mochila a un lado. Los tres hombres rodearon a Vanesa, avanzando hacia ella con paso amenazante.
Vanesa no apartó la mirada, plantándose firme frente a ellos. Con una mano protegía a Elías, empujándolo suavemente detrás de ella mientras retrocedía poco a poco.
—…Vanesa —susurró Elías, aferrado al borde de la chamarra de Vanesa, la voz hecha un nudo.
—¡Aaaaaaaah! —gritó Elías, agitando la rama como loco y corriendo directo hacia los hombres.
—¡Maldito mocoso! —el hombre de negro, fastidiado por los pinchazos de las espinas, se revolvió de dolor.
El tipo se enfureció, le quitó la rama de un tirón y estaba a punto de arrastrar a Elías, pero Vanesa soltó la defensa, estiró el brazo y lo jaló hacia ella, justo antes de que el hombre pudiera alcanzarlo. El impulso la hizo caer de espaldas, y uno de los tipos la empujó tan fuerte que fue a dar contra el pavimento.
El suelo ardía bajo el sol y la textura áspera le raspó la piel, dejando una marca roja y sangrante en su brazo.
Vanesa soltó un quejido, apretando los dientes mientras el ardor le recorría el cuerpo.
Elías, aún temblando, se acurrucó en los brazos de Vanesa, completamente asustado.
Al verlos así, los tres hombres se acercaron, las manos extendidas, listos para llevárselos…

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