En la esquina de la calle, un carro negro permanecía estacionado a un costado.
—Señorita Balderas, cuánto tiempo sin vernos —dijo una voz desde la sombra.
—Sí, ha pasado un buen rato —respondió Vanesa, sorprendida al reconocer a Claudio.
Vanesa no esperaba encontrarse con Claudio en esa situación. Él la observó detenidamente; había pensado que, al llegar a ese lugar, Vanesa se vería abatida. Sin embargo, al verla de cerca, comprendió que había sido muy limitado en su juicio.
La postura de Vanesa se mantenía erguida, con la espalda recta y el mentón en alto. Aunque vivía allí, su presencia seguía desentonando con el entorno, como si nunca terminara de encajar. Lo único diferente era esa nueva suavidad en su mirada, una calidez que no había mostrado mientras vivía con la familia Montemayor.
—Veo que ahora tiene una familia que la quiere de verdad —comentó Claudio, y sus palabras, lejos de sonar fingidas, reflejaban una genuina alegría por ella.
Vanesa apenas curvó los labios en una sonrisa, pero no le contestó directamente.
—Aquí les devuelvo a su tesoro —dijo, mientras revolvía el cabello de Elías con cariño.
—Gracias por todo, de verdad —Claudio le devolvió el gesto con una leve inclinación, luego abrió la puerta trasera del carro.
El motor ronroneó y, en seguida, Elías bajó la ventanilla. Asomaron la cabeza él y su perro, mirando hacia Vanesa.
—Vanesa, si algún día decides irte, solo dime.
—¡Eres un pillo! —le soltó Vanesa, dándole un golpecito en la frente. No fue fuerte, pero sí lo suficiente para dejarle una marquita roja.
—Ponte el cinturón. Y por cierto, sigo con el mismo número —añadió, en tono serio, aunque en el fondo lo que quería decir era: No vuelvas a escaparte sin avisarme, pero si algún día necesitas algo, puedes llamarme.
Elías ya iba sentado en el carro, y en algún momento su celular había terminado en su bolsillo. Sus cosas seguían ahí, no le habían quitado nada, y el último juego que había jugado mostraba una victoria en la pantalla. Cerró la aplicación y abrió la lista de contactos.
Solo aparecía un nombre: Vanesa.
Guardó el celular y no pudo evitar sentir cierta envidia hacia Camila. Su mamá era increíble, cocinaba postres deliciosos y siempre le hablaba con cariño. Tal vez la casa era pequeña y vieja, pero parecía feliz.
Sin embargo, también sentía celos, porque la única persona que alguna vez había estado de su lado, ahora parecía estar lejos.
...
—¿De qué casa se escapó este niño?
—Tanto tiempo esperando y por fin aparece uno.
—Con esa ropa seguro es de lana, podemos sacar buena plata.
—No tan fuerte la voz, no queremos que se asuste y huya.
—Ese mocoso no va a llegar lejos. Que Miguel traiga el carro y lo espere abajo.
Dos sujetos se mantenían a una distancia prudente, observando cada movimiento de Elías, sin perderlo de vista.
Elías se dio cuenta de que lo seguían, pero al ver que solo caminaban, no les prestó mucha atención y siguió su camino.
De pronto, los dos hombres se lanzaron sobre él. Uno lo levantó en peso y lo echó al hombro, mientras el otro vigilaba nervioso, escaneando los alrededores por si alguien más se acercaba.

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