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La Princesa romance Capítulo 101

“Espero verte la próxima vez, mi querida hermana.”

Vanesa soltó una risa despectiva al ver el mensaje que acababa de llegar a su celular.

—Nunca te he escuchado hablarme así de cariñoso, qué tipo tan raro.

—¡Vane, deja de hablar sola y ven a comer!

—Ya voy —respondió Vanesa, guardando el celular sin siquiera contestar el mensaje.

...

En medio de la noche, cuando todo estaba en silencio, la joven que dormía en la cama no dejaba de dar vueltas. Su ceño seguía fruncido, como si estuviera atrapada en una pesadilla de la que no podía escapar.

...

—Señor, este vino es el que me pidió el jefe que trajera.

—Ponlo en la bodega.

—Sí, señor.

—Espera.

—Déjalo aquí —Esteban Montemayor, aún adolescente, señaló la mesa con indiferencia.

—¿Aquí?

—¿Hay algún problema? —Esteban arqueó una ceja y el asistente, nervioso, negó de inmediato.

—No... no, ninguno.

Para cuando la pequeña Vanesa Montemayor, con solo cinco años, se despertó buscando algo con qué llenar la panza, Esteban ya había descorchado la botella.

El líquido rojo giraba en la copa alta mientras Esteban le daba un sorbo, con toda la curiosidad de quien quiere probar lo que la profesora de modales tanto le había explicado sobre el vino.

—Esteban, ¿qué estás bebiendo? —la vocecita infantil de Vanesa le hizo surgir una idea.

—Jugo de uva.

—Esteban... —tosía y tosía—, ¡no es jugo! Estás... —tosió de nuevo—, me volviste a engañar.

El color de su cara subía y Esteban no pudo evitar reírse un poco ante su reacción.

—Tú solita te lo buscaste.

—Me pica... me siento rara...

Esteban seguía sonriendo, pero de pronto notó que la cara de Vanesa se ponía aún más roja, y comenzó a rascarse los brazos con desesperación. Parecía que le costaba trabajo respirar.

—Oye, enana, ¿estás bien?

Una chispa de nerviosismo cruzó los ojos de Esteban. Trató de detenerle las manos y le subió la manga: los bracitos, antes suaves y gorditos, estaban cubiertos de ronchas rojas. Vanesa le agarró la camisa, intentando decir algo, pero no le salía la voz.

—¡Jazmín! ¡Llama al doctor! ¡Jazmín! —gritó Esteban, con una voz tan fuerte que ni él mismo se reconocía.

En sus recuerdos, nunca lo había visto perder así la calma. Pero en ese momento, Vanesa ya casi no reaccionaba, la boca se le abría y cerraba, y apenas si se oía el susurro de un “hermano” escapando de sus labios.

—¡Enana! ¡Vanesa! —Esteban acercó su oído, tratando de captar las palabras de la niña, mientras el miedo le apretaba el pecho.

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