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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 982

—Él es mi papá, ¿por qué me prohíbes decirle así?

—Carlota, ya te lo he dicho muchas veces. ¡Que le digas así es una falta de respeto para mí!

—¡Pues que no me dejes decirle papá también es una falta de respeto para mí!

—¡Tienes que portarte bien y hacer caso!

—¡Pues no te voy a hacer caso!

Al ver que Facundo ya tenía mala cara, Floriana temió que su enojo asustara a Carlota y se apresuró a entrar a la habitación.

—Déjame hablar con ella. Tú vete a hacer tus cosas —le dijo.

Facundo suspiró.

—Está bien —respondió.

Cuando Facundo salió, Floriana se sentó a su lado y le dio un beso a Carlota en la mejilla.

—Ya, tranquila. Mamá te va a explicar.

—Entonces dime —Carlota hizo un puchero—, ¿quién tiene la razón? ¿Él o mi papá?

—Ninguno de los dos. Lo que mamá te diga es lo correcto.

Carlota lo pensó un momento.

—Bueno, está bien —aceptó finalmente.

En realidad, la niña lo hacía a propósito. Llevaba la contraria a todo lo que decía Facundo y sabía exactamente qué responder para hacerlo enojar; el chiste era no dejarlo en paz.

No tenía mucha tarea, y como Carlota ya se sabía los temas, terminó bastante rápido.

Floriana se quedó jugando con ella un rato más y luego la mandó a dormir.

Una vez que Carlota se quedó dormida, Floriana salió del cuarto de la niña y vio a Facundo, que acababa de salir de la recámara principal después de bañarse. Él la tomó de la mano para jalarla hacia él y abrazarla, pero ella dio un paso atrás de inmediato.

—Necesito tiempo para acostumbrarme a esto.

—De acuerdo —respondió Facundo, mirándola con mayor intensidad.

Floriana asintió y se dio la vuelta para ir a la recámara de invitados.

—¿Qué te parece la película del director Suárez? —le preguntó él.

No podía soportarlo. Aunque fingía estar tranquila frente a Isabella, la verdad es que sentía un nudo en la garganta y el corazón destrozado.

Toda su historia juntos, todo lo bueno y lo malo por lo que habían pasado, ahora solo existiría en su memoria.

Pasado mañana sería la boda de Romeo Quintero y Alicia Palacios. Martina ya había comprado su boleto de avión para esa misma noche. Esta vez, cuando se fuera, no volvería jamás.

Terminaría sus días en el extranjero, pero ya no importaba; al final de cuentas, ya no sentía que perteneciera a ningún lado.

Romeo había salido de viaje de negocios y regresaría hasta el día siguiente.

Aun así, Martina fue a su casa. Se acostó en aquella cama enorme, esta vez sin la pasión desenfrenada de antes. En ese momento, lo único que quería era quedarse ahí, oliendo su aroma y recordando el pasado.

Aunque en aquella época él no la amaba y la trataba con mucha frialdad, había sido la etapa más feliz de su vida.

Al pensar en la locura de esas últimas dos semanas, ni ella misma se lo creía.

Había disfrutado al máximo vengándose de los tres miembros de la familia Palacios, pero al hacerlo casi se vuelve loca a sí misma.

Pasado mañana. Sí, pasado mañana le pondría punto final a todo.

Se sentó en la cama, con la intención de llevarse a escondidas algún objeto de Romeo. Así, cuando lo extrañara en el futuro, podría sacarlo para mirarlo; con solo verlo sería suficiente.

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