Todos los presentes habían escuchado hablar de la Hermandad Gutiérrez al menos alguna vez en su vida. Pero en sus cabezas jamás habría cabido la posibilidad de que Tatiana fuera la heredera de esa poderosa organización. Con razón esos matones le tenían tanto pavor.
Al recordar todas las humillaciones y burlas que le habían lanzado momentos antes, un sudor frío comenzó a recorrerles la espalda.
—Tatiana... tú nunca nos dijiste nada. Todo esto fue un gran malentendido...
¿Qué malentendido?
El malentendido, por supuesto, era creer que ella provenía de una familia pobre. Y es que durante sus años en la universidad, Tatiana usaba ropa de mercado, trabajaba para pagar sus propios estudios y cuidaba cada centavo como si fuera el último. Tampoco era culpa de ellos sacar sus propias conclusiones.
Tatiana soltó un resoplido. En aquel entonces, su padre quería obligarla a estudiar en el extranjero, pero ella se rebeló y logró entrar a la universidad en Nublario. Enfurecido, su padre le cortó todo apoyo económico, así que, en un arranque de rebeldía, se fue de su casa y empezó a ganarse la vida por su cuenta.
Sí, había pasado mucha necesidad, ¿pero qué tenía que ver su situación económica con esa gente? ¿Acaso por tener dinero se sentían con el derecho de mirarla por encima del hombro y tratarla como basura?
—Ya terminé de cenar —dijo Tatiana, volteando a ver a Ignacio.
Ignacio, rápido como un rayo, tomó el bolso de ella.
—Entonces vamos a casa.
Ambos caminaron hacia la salida. Lorenzo intentó arrastrarse para sujetar a Tatiana del tobillo, pero los cobradores lo agarraron de los brazos y lo arrastraron de vuelta para seguir dándole la golpiza de su vida.
—Jamás me habría imaginado que fuiste compañera de mi primo y esa gente —murmuró Ignacio con el ceño fruncido, ya en la calle—. Y mucho menos me esperaba que tú y mi primo hubieran sido novios.
Tatiana asintió levemente.
—Yo tampoco me esperaba encontrármelos.
—Ellos dijeron que...
—¿Qué dijeron?
Al notar que Ignacio parecía dudar, ella le dio un golpecito en el brazo.
—Habla sin rodeos.
—Dijeron que mi primo y yo nos parecemos mucho.
—¿Y por eso crees que me acerqué a ti? ¿Crees que te vi como un simple reemplazo de tu primo?
—¿Es así?
—¡Claro que no!
Los de Los Halcones se quedaron parpadeando, confundidos.
—¿De qué estás hablando, loco? ¿Cuándo dijimos que íbamos a matarla?
—¿Acaso no la han estado buscando por toda la ciudad para acabar con ella?
—¿Quién la está buscando? Lo de la otra noche fue un simple malentendido. De hecho, quería invitarla a comer un día de estos para limar asperezas y dejar todo claro.
El líder de la pandilla se inclinó a un lado para mirar a Tatiana detrás de Ignacio.
—Señorita Gutiérrez, ¿me haría el honor?
Con su mentira al descubierto, a Tatiana ya ni le importaba la cena. Lo único que quería era que esos tipos cerraran la boca y se largaran.
—Bueno, el día que la señorita Gutiérrez esté dispuesta a darnos una oportunidad, nos organizamos.
Una vez que los hombres de Los Halcones desaparecieron en la esquina, Tatiana se armó de valor y miró de reojo a Ignacio. Tal como temía, su rostro estaba oscuro, ensombrecido por la furia.
—Ya veo. Fui yo el que malinterpretó las cosas. Ellos jamás quisieron matarte.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...