—¡Floriana! ¡No tienes corazón! ¡No puedes hacerme esto!
Al ver que Floriana dejaba esas cosas y se daba la vuelta para irse sin siquiera mirarlo, Facundo se levantó furioso, intentando agarrarla. Pero terminó cayendo al suelo, soltando un gemido de dolor.
Aun así, Floriana no volteó a verlo, ni siquiera disminuyó la velocidad de sus pasos.
Se fue, dejándolo atrás. Facundo miró su espalda alejándose y golpeó el suelo con fuerza, dejando escapar un rugido sordo.
—¡No te dejaré escapar, Floriana! ¡Todavía tienes a Carlota, las dos me pertenecen!
Floriana aceleró el paso hasta que dobló hacia los ascensores. Fue entonces cuando soltó un suspiro de alivio. Todavía podía escuchar los gritos de Facundo, que sonaban como si salieran del infierno, pero ya no sentía miedo.
Como ella misma le había dicho: sin su poder, Facundo era solo un hombre común que ya no podía lastimarla.
Del hospital, Floriana fue directo a la casa de Facundo. Llamó a su asistente Blanca para que la ayudara y rápidamente empacaron todas sus cosas y las de Carlota, llevándolas de vuelta a su antigua casa.
Al regresar allí, Floriana sintió que su alma por fin encontraba paz. Sabía que ella y su hija finalmente podrían tener una vida tranquila.
Por la tarde, Floriana le pidió a Blanca que fuera a buscar a Carlota a la escuela. Sin embargo, Blanca no solo trajo a la niña, sino también a Víctor.
—Cuando llegué, este hombre estaba a punto de secuestrar a Carlota —se quejó Blanca con Floriana.
Víctor se defendió de inmediato.
—Fui a recoger a mi propia hija para llevarla a comer, ¿cómo puedes decir que fue un secuestro? ¡Mide tus palabras!
Blanca torció la boca.
—Le dijo a la maestra que tuviste un accidente y que iba a llevar a Carlota al hospital para que te viera por última vez.
Al escuchar eso, el rostro de Floriana se oscureció.
—¡Víctor!
¡Cómo se atrevía a echarle la sal así!
Víctor agitó las manos rápidamente.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...