En la mente de Carlota, ese pequeño pueblo era su verdadero hogar. Sentía nostalgia y quería volver a pasar unos días allí; era una petición bastante razonable.
—Mamá está de acuerdo en que vayas al pueblo con papá...
Sin embargo, Víctor había perdido la memoria y a Floriana le preocupaba que no pudiera cuidar de Carlota tan bien como antes. ¿Qué pasaría si ocurría otro accidente?
—¿Y tú, mamá? ¿Tienes mucho trabajo y no puedes venir con nosotros? —preguntó Carlota, visiblemente decepcionada, aunque intentó disimularlo rápidamente—. No pasa nada, mamá. Tú ve a trabajar, papá y yo nos cuidaremos mutuamente.
Floriana atrajo a su hija hacia ella y le dio un beso en la frente.
—Pues fíjate qué casualidad, resulta que mamá no tiene trabajo estos días.
Los ojos de la pequeña se iluminaron.
—¿Entonces sí puedes venir con nosotros?
Floriana asintió.
—Por supuesto que sí.
Se acercó a su chofer, le dio indicaciones para que regresara con el auto y luego se subió al vehículo de Víctor.
Durante el trayecto, Carlota no paraba de dar grititos de emoción.
—¡Por fin vamos a volver al pueblo!
—¡Y mamá viene con nosotros!
—¡Esto es genial!
Al ver a su hija tan feliz, Floriana sintió una punzada de culpa. Después de seis años retirada, había vuelto a la actuación con muchísima determinación, queriendo alcanzar un nuevo nivel en su carrera, pero en el proceso había descuidado los sentimientos de su hija.
Carlota era demasiado comprensiva para su edad, y sabía que los niños que maduran tan rápido no siempre son los más felices.
De repente, su teléfono vibró. Era un mensaje de Facundo Prado.
*«¿Dónde estás?»*
*«Trae a Carlota a casa esta noche, haré su pollo asado favorito.»*
*«Mejor olvídalo, yo mismo iré a buscar a Carlota. No quiero que tengas ningún contacto con ese infeliz.»*
Floriana dudó un segundo, pero finalmente lo depositó en su mano. Víctor ni siquiera encendió la pantalla; simplemente lo apagó por completo.
—Tengo asuntos de trabajo que atender...
—El trabajo puede esperar a mañana. Aunque desaparezcas de la faz de la tierra, el cielo no se va a caer.
Floriana tomó su teléfono apagado, lo pensó un momento y lo guardó en su bolso.
Víctor tenía razón. Ella no era tan indispensable; el mundo seguiría girando aunque se tomara un respiro.
—Mamá, ten, come uno.
Carlota le ofreció una tira de papitas picantes. Floriana frunció el ceño por instinto; nunca le permitía a su hija comer ese tipo de comida chatarra.
—Mamá, te prometo que no están sucios y son deliciosos —dijo Carlota, bajando la voz al notar la expresión de su madre.
Floriana se dio cuenta de que su hija estaba demasiado pendiente de las reacciones de los adultos, asustándose por inercia ante cualquier gesto de desaprobación. Ella no solía ser así. Seguramente, el estricto régimen y los regaños constantes de Facundo durante todo este tiempo habían afectado su personalidad.
Pensando en eso, tomó la botana rápidamente y le dio un mordisco.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...