—¡Páganos ahora mismo!
Víctor calculó rápidamente la situación. Si intentaba pelear él solo contra seis, seguramente saldría perdiendo, pero, conociendo su temperamento, prefería recibir una paliza antes que dejarse humillar. Estaba a punto de lanzarles una amenaza cuando escuchó el llanto de Carlota.
—¡No le peguen a mi papá!
La pequeña bajó corriendo del auto y se plantó frente a él, extendiendo sus delgados bracitos como si pudiera escudarlo de aquellos hombres.
—¡Si van a pegar, péguenme a mí, pero dejen en paz a mi papá!
Los ojos de Víctor se llenaron de lágrimas al instante, profundamente conmovido. Pero, por miedo a que la niña se asustara más, la levantó en brazos rápidamente.
—¡No vamos a pelear! ¡No te asustes, mi amor!
Después de calmarla por un momento, volvió su atención a los hombres, que parecían estar discutiendo entre ellos.
—Ya hablamos con Don Marc y dice que no quiere los treinta mil. ¡Con diez mil pesos lo dejamos pasar!
Víctor entrecerró los ojos. A él no le importaba recibir unos cuantos golpes, pero no podía permitir que Carlota pasara un mal rato.
—Solo porque hoy no me conviene armar un escándalo, si no... —bufó, sacando su celular con la intención de transferirles los diez mil pesos, pero un mensaje apareció en pantalla: "Saldo insuficiente".
Se quedó mirando esas palabras durante un largo rato, completamente atónito. En toda su vida, jamás había visto un mensaje así en su cuenta.
Luego lo recordó: Jairo le había bloqueado las tarjetas, dejándole una mísera mesada de diez mil al mes.
—Manejas un auto de lujo, ¿y me vas a decir que no tienes diez mil pesos? —dijeron los hombres, mirándolo con evidente desconfianza.
Víctor les lanzó una mirada fulminante. Pensó en llamar a Jairo para pedirle dinero, pero el orgullo se lo impidió; pedirle dinero a su hermano menor era demasiado humillante. ¿Acaso debería pedírselo a Isabella Quintero? No, él era un hombre hecho y derecho...
Después de darle muchas vueltas, decidió pedírselo a su madre. Podía tener muchos defectos, pero si algo le sobraba era generosidad. Normalmente, cuando le pedía dinero, la cifra base nunca bajaba de los cien mil.
Estaba a punto de marcar cuando Carlota habló de repente.
—Papá, pídele dinero a mamá. Mamá tiene mucho.
Víctor tosió para disimular su incomodidad.
—Papá también tiene dinero, solo que... en este momento no lo tengo a la mano.
—Pero si tú no trabajas, es normal que no tengas mucho dinero. En cambio, mamá trabaja todos los días, ella sí tiene.
—No es que papá no trabaje, es que papá es...
—No puedo, apenas tengo dieciocho años.
Floriana bufó de pura frustración varias veces antes de rendirse y pedirle que le enviara la ubicación.
Tras mandar el mensaje, Víctor se sentó a la orilla del camino con Carlota en brazos.
—Paciencia, señores, su madre ya viene a traernos el dinero.
El conductor del mototaxi soltó una carcajada burlona.
—¡Qué vergüenza! ¡Un hombre hecho y derecho pidiéndole dinero a una mujer!
—¿Y qué tiene de malo? ¡La culpa la tiene ella por ser tan exitosa!
—Ah, conque eres un mantenido.
—¡Exacto! ¡Y déjame decirte que la vida de mantenido es una maravilla!
Víctor tenía la cara tan dura que aquellos insultos le resbalaban; de hecho, parecía bastante orgulloso de su situación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...