Dado que la noche anterior solo había estado con Victoria, ¿eso significaba que la había besado a ella?
Por más vueltas que le daba, era incapaz de recordar el rostro de la actriz. Siendo honestos, si hubiera sido una mujer tan hermosa, la recordaría sin problemas. Si no se acordaba de ella, significaba que no era tan deslumbrante o simplemente no era su tipo. Entonces, ¿por qué demonios le había gustado tanto besarla?
***
Carlota colgó el teléfono y se secó las lágrimas con frustración.
Su madre se lo había advertido: su papá perdió la memoria y ya no las recordaba. Al principio le costó muchísimo aceptarlo, pero su mamá le aseguró que era algo temporal y que debía darle tiempo para recuperarse. Cuando la herida de su cabeza sanara por completo, volvería a acordarse de ellas.
Mientras tanto, tenían prohibido molestarlo. Le explicaron que, si lo alteraban, corría el riesgo de que jamás volviera a recordar nada.
Carlota estaba aterrorizada ante la idea de que su papá se olvidara de ellas para siempre, y por eso se había aguantado las inmensas ganas de ir a verlo, sin atreverse ni siquiera a llamarlo.
Pero la noche anterior no pudo más. Solo quería escuchar su voz un segundo.
Carlota terminó de limpiarse la cara en el baño y regresó a la habitación. Su mamá seguía profundamente dormida.
Como había vuelto muy tarde la madrugada anterior, seguramente estaba exhausta, y Carlota no quería despertarla.
Aun así, se acercó despacio y le dio un beso en la mejilla.
—Mamá, vamos a salir a cenar hoy en la noche, ¿sí? No quiero ver a ese pesado.
Tras susurrarle ese pequeño trato a su madre, Carlota bajó las escaleras. Fue justo a tiempo para ver a Facundo sacar su patineta escondida del cuarto debajo de las escaleras del primer piso.
Se precipitó hacia él de inmediato.
—¡Devuélveme mi patineta!
Facundo frunció el ceño con severidad.
—¡Ya te dije que tienes prohibido volver a andar en esa cosa!
—¡A mí me gusta y voy a seguir usándola!
—¡Dije que no y es no!
—Tienes seis años y no tienes ni la más mínima educación. ¡Es evidente que él te malcrió por completo! Aunque tiene sentido; después de todo, no eres su hija biológica. ¿Por qué iba a molestarse en enseñarte modales?
—¡Te doy diez minutos! —continuó él, levantando la voz—. ¡En esos diez minutos vas a sentarte a desayunar, subirás por tu mochila y regresarás aquí para que te lleve al colegio!
—¡No quiero...!
—¡Si vuelves a desafiarme, te mandaré a un internado y te aseguro que no volverás a ver a tu madre!
—¡Eres malo! ¡Eres un hombre malo!
Carlota rompió a llorar, señalándolo con el dedo acusador y gritándole a los cuatro vientos que era malo.
Preocupada de que el carácter de Facundo asustara aún más a la pequeña, Martina la tomó en brazos apresuradamente y se la llevó al comedor.
—Carlota, ¿acaso no habíamos hecho un trato? —le susurró Martina para consolarla—. Dejaremos la patineta por ahora. Ya verás que pronto las cosas van a mejorar.
Martina no sabía cuánto tiempo tardaría en pasar la tormenta, pero un presentimiento se afianzaba en su pecho: a este paso, antes de que Facundo terminara volviendo loco a alguien más, perdería por completo la razón él mismo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...