—¡Mamá!
La Sra. Fuentes se sintió tan abrumada por la ira que se mareó, su cuerpo se tambaleó un par de veces y estuvo a punto de colapsar. ¡De no ser porque Beatriz la sostuvo a tiempo, habría caído al suelo!
—¿Qué le pasa? ¿Ahora va a fingir un desmayo para sacarnos dinero? Hay cámaras por todos lados, le aviso. Para la edad que tiene y cómo viste, no creo que necesite rebajarse a eso para sobrevivir, ¿o sí? —disparó Lorena, como si su boca fuera una ametralladora, sin darle ni un segundo de respiro a la señora.
A la Sra. Fuentes le zumbaban los oídos. Sentía que la cabeza le daba vueltas y que todo a su alrededor empezaba a girar.
Al ver su estado, Beatriz comenzó a gritar.
—¡Ayuda! ¡Un doctor, enfermeras!
De inmediato, unas enfermeras acudieron y ayudaron a sentar a la Sra. Fuentes. Poco después, un médico llegó, le hizo un chequeo rápido y preguntó:
—¿Padece del corazón?
Beatriz negó con la cabeza.
—No.
Lorena se cruzó de brazos, examinó el semblante de la señora y soltó un bufido sarcástico. Luego, volteó a ver a Josefina.
—No te preocupes, no se va a morir. Solo le dio un coraje por mi culpa.
Felipe, que observaba la escena desde un lado, no pudo evitar levantarle el pulgar en señal de aprobación.
—Dra. Lorena, es usted increíble. No solo es una experta en medicina, también tiene un talento natural para insultar.
Lorena soltó una carcajada y se encogió de hombros.
—Mis padres siempre me dijeron que nunca está de más aprender cosas nuevas.
La comisura de los labios de Felipe tembló. ¿Acaso así se aplicaba ese dicho?
Aun así, le pareció admirable. Esa actitud le permitía protegerse a sí misma y, de paso, defender a Josefina. No estaba nada mal.
Josefina le dirigió a su amiga una mirada de profunda gratitud.
Lorena le respondió guiñándole un ojo.
Josefina se quedó sin palabras.
La Sra. Fuentes estaba realmente mareada por el disgusto, pero no tardó en recuperar el aliento. Le lanzó una mirada de puro veneno a Lorena, aunque su tono de voz fue un poco más contenido esta vez.
—¡¿Cómo fue que se lastimó mi hijo?!
—¿Por qué no espera a que despierte y se lo pregunta usted misma? —replicó Lorena—. ¿Qué caso tiene interrogarnos a nosotras?

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