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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 845

En cuanto Felipe divisó al hombre enmascarado, dejó escapar una burla y le gritó.

—¡Maldito Raiter! ¿De verdad crees que por taparte la cara no te reconocería?

Al escuchar ese tono tan brusco y fanfarrón, Raiter supo de inmediato de quién se trataba y entrecerró los ojos.

—¿Qué haces aquí?

Felipe salió de las sombras. Avanzaba con una actitud completamente relajada y segura, convencido de que los hombres de Raiter no se atreverían a tocarle un pelo.

—Vine a recogerlo a él.

Felipe señaló a Benjamín con el cañón de su arma.

—Ahora soy su guardaespaldas, y mi deber es velar por su seguridad. En cambio, ustedes... ¿Tan mal está el negocio en el extranjero que tuvieron que venir hasta acá a buscar trabajo?

—¡Detente! —le advirtió Raiter, con los ojos entrecerrados—. Si das un paso más, le vuelo la cabeza.

—¡Ja! —soltó Felipe, riendo—. Si tuvieras las agallas, ya lo habrías hecho. ¿Crees que me trago ese cuento después de tanto rato? ¿Querías usarlo para obligar a Josefina a salir? Sigue soñando, ella ya abandonó la villa.

El hombre que había permanecido con la cabeza baja todo este tiempo se tensó al escuchar eso. Lentamente, alzó el rostro hacia la dirección de donde provenía la voz de Felipe.

—¿Ella se fue?

—Así es —asintió Felipe—. Jose es muy lista. En cuanto empezó el incendio, se las ingenió para escapar sin que nadie la viera. Solo un grupo de idiotas como ustedes pensaría que sigue por aquí.

Lanzándole una mirada cargada de desdén a Raiter, Felipe continuó:

—Tu jefe sí que está manteniendo a una bola de inútiles. ¿Qué te parece si lo llamo para decirle que mejor los cambie a todos por gente competente?

A pesar de que Raiter tenía el rostro cubierto, la furia que emanaba de él era innegable.

¡Maldición!

¡De verdad se les había escapado!

¡La misión era un fracaso!

Sin embargo, no podía hacer nada ante las provocaciones de Felipe, ya que ahora trabajaba como guardaespaldas de Benjamín.

Además, la relación entre Benjamín y su propio jefe era bastante delicada. ¡Si cometía un error y actuaba por su cuenta, terminaría cavando su propia tumba!

La tensión en el aire era tan densa que podía cortarse con un cuchillo, iluminada únicamente por las llamas crepitantes que los rodeaban.

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