Josefina se detuvo en seco. Esa persona había vuelto.
Se giró para escudriñar la oscuridad a sus espaldas. Junto a las rocas decorativas había un par de árboles, pero entre las sombras no lograba distinguir nada.
—¿Quién es? —preguntó en voz alta.
La brisa nocturna sopló con suavidad, trayendo consigo un leve escalofrío, pero nadie apareció para responder a su llamado.
Josefina retrocedió unos pasos.
—¿Quién... eres en verdad?
Rodeó las rocas decorativas, pero no encontró a nadie. Tampoco había rastro alguno detrás de los árboles.
Los movimientos del tirador eran ágiles, y su puntería, letal. Si él quería esconderse, estaba claro que ella jamás lo encontraría.
Había aparecido varias veces, siempre para salvarla, pero se negaba a mostrar el rostro.
¿Por qué no quería que supiera cómo era?
¿Quién era en realidad?
Josefina se quedó de pie, con la mirada cargada de emociones encontradas. Apretando con fuerza el arma entre sus manos, dudó un momento antes de hablar al vacío.
—Tengo que... regresar.
No sabía si el misterioso hombre podía escucharla, pero necesitaba expresar lo que sentía.
—Me ha salvado... muchas veces. Le debo... la vida —su voz sonaba ronca, pero ya lograba articular oraciones casi completas—. Siempre me pregunté... cómo podría pagarle... y ahora... por fin tengo la oportunidad —esbozó una sonrisa cargada de amargura—. No quiero... deberle nada.
La verdad era que no sabía cómo corresponder a todo lo que él había hecho.
Por eso, tenía que regresar por él.
Tras decir esas palabras, aguardó un par de minutos. El silencio seguía dominando el lugar, roto solo por el viento frío que le erizaba la piel y el lejano sonido de los fuegos artificiales, un recordatorio melancólico de que esa noche se celebraba Año Nuevo.
Puesto que nadie apareció ni la detuvo, asumió que el hombre en las sombras había aceptado su decisión.
Dio media vuelta y emprendió su camino hacia el bar.
Justo en ese momento, por el rabillo del ojo, notó que una silueta esbelta acababa de aparecer tras los árboles a la distancia.
La figura estaba envuelta en oscuridad, lo que hacía imposible ver su rostro, pero no cabía duda de que era un hombre.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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