—Pásale el mapa de la villa a Felipe y dile que tal vez puedan entrar por el mismo camino que usamos para salir, pero que tengan mucho cuidado —indicó Lorena.
—Entendido —asintió el guardaespaldas.
La tensión en los músculos de Lorena comenzó a ceder. Observó las luces y la vida de la ciudad frente a ella, para luego mirar de reojo hacia la villa en la ladera de la montaña. De pronto, todo le pareció irreal.
Era difícil creer que, bajo el mismo cielo y en el mismo mundo, pudieran ocurrir eventos tan descabellados.
Apartó la mirada, rezando en silencio para que su amiga Josefina estuviera sana y salva.
...
En la villa.
El cañón del arma presionaba la cabeza de Benjamín. La luz del fuego danzaba a su alrededor, tiñendo los rostros de todos con un tono lúgubre y parpadeante.
El tiempo pasaba, y la voz del altavoz se repetía cada cinco minutos.
Ya habían transcurrido diez minutos, el mensaje se había emitido dos veces, y Josefina seguía sin aparecer.
La impaciencia empezaba a carcomer a Raiter. Miró al hombre que seguía sentado en la silla, quien no había dicho una sola palabra desde que él terminó de hablar con su jefe, y frunció el ceño.
—Escuché que el director Gutiérrez y su esposa se aman profundamente —comentó Raiter.
Benjamín ni siquiera se molestó en responderle; parecía importarle poco la situación en la que se encontraba.
Raiter frunció aún más el ceño y continuó.
—Pero, por lo visto, no es así. A su esposa no le importa mucho su vida.
Fue entonces cuando el hombre, que había estado en completo silencio, decidió hablar con un tono carente de emoción.
—Así es.
Raiter se quedó mudo.
Una sensación de pesadez se instaló en su pecho.
Por el auricular no dejaban de llegar los reportes de sus hombres. Tenían vigilados todos los accesos; si Josefina asomaba la cabeza, la abatirían de inmediato.
¡Pero la mujer no aparecía por ningún lado!

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