—Tú... vete rápido.
Manuel ya no tenía fuerzas para seguir avanzando con ella. La herida en su espalda le dolía tanto que a duras penas lograba mantenerse en pie.
Si ella seguía ayudándolo, él se convertiría en una carga y, al final, ninguno de los dos podría escapar.
Por eso, en ese preciso instante, debía obligarla a irse sola.
Bajo el cielo oscuro, la respiración de Josefina era irregular y temblorosa, y su rostro estaba pálido. Se agachó y se aferró con fuerza al brazo de Manuel.
—No tengas miedo...
Manuel se esforzó por mantener un tono de voz sereno, evitando que ella notara el más mínimo temblor, y dijo: —Voy a buscar un lugar donde esconderme, estaré bien. Todo este alboroto seguro llamará la atención de alguien; nos rescatarán pronto.
A Josefina se le llenaron los ojos de lágrimas y sintió un nudo en la garganta. Estaba abrumada por la culpa y la tristeza, pero sabía que no era el momento de dejarse llevar por esas emociones.
Entendía lo que Manuel pretendía, pero, si ya no podía moverse, ¿cómo se suponía que iba a esconderse?
Esos mercenarios no tenían compasión, solo hacían el trabajo por dinero. Al prender fuego y causar el caos, seguramente los había enfurecido.
No dejarían a nadie con vida si lo veían.
Josefina respiró profundo y dijo: —Yo... te ayudaré... a esconderte.
Después de eso se iría.
Manuel suspiró impotente. —Josefina, no pierdas más tiempo...
Sin embargo, Josefina ignoró sus palabras. Se aferró a su brazo con terquedad y tiró de él, obligándolo a ponerse de pie.
Dentro de las caballerizas había una pequeña sala de descanso, el lugar donde solían estar los cuidadores.
Con mucho esfuerzo, Josefina logró meter a Manuel allí y lo ayudó a sentarse en un rincón. Luego dijo: —Yo... no dejaré... que te pase nada.

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