Estaban buscando a Josefina. Una vez que terminaran de registrar la zona de las habitaciones, se moverían hacia otros lugares.
Por lo tanto, tenían que aprovechar esa oportunidad y conseguir armas rápido.
Avanzaron en completo silencio, buscando a algún objetivo que estuviera solo. Ya casi habían recorrido toda esa área y seguían sin ver a nadie.
Justo cuando, con semblantes sombríos, pensaban hacia dónde dirigirse para encontrar a alguien, aparecieron los hombres misteriosos.
En la noche oscura, entre el lejano sonido de los petardos y los fuegos artificiales, se escuchó de pronto el crujir de unas botas sobre el camino empedrado.
A pesar de ser sumamente sutil, lograron captarlo.
Tenían los nervios de punta, atentos a cada sonido de los alrededores en todo momento.
El grupo detuvo su avance y se ocultó entre las sombras, esperando a que los pasos se acercaran.
El haz de luz de una linterna se encendió de golpe y comenzó a recorrer la zona.
El guardaespaldas agudizó el oído y finalmente les hizo una seña con dos dedos; significaba que venían dos personas.
Josefina bajó la mirada, pensando en el siguiente paso. Se preguntaba: ¿la querían viva o muerta?
¿Podría arriesgarse y apostar?
Esa duda rondaba por su mente, impidiéndole tomar una decisión rápida.
Si Ariadna la quería muerta, apenas asomara la cabeza, esos hombres le volarían los sesos.
Pero, ¿y si la querían viva para llevársela y torturarla?
Josefina estaba inmersa en su dilema, y Manuel, al notar su estado, le apretó el dorso de la mano.
Ella alzó la vista hacia él y lo vio negar con la cabeza. Le estaba diciendo que no actuara por impulso ni dejara volar su imaginación.
Seguir el plan original era lo correcto.
No era el momento para complicar más las cosas.
Josefina dejó salir el aire lentamente, reprimiendo los caóticos pensamientos de su mente.
No podía apostar. Solo tenía una vida; si perdía la apuesta, se acabaría todo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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