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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 820

El grito desgarrador de Teresa dejó a Vicente paralizado por un segundo. Luego, su rostro se ensombreció de rabia. Agitó la mano con desdén y replicó:

—¡Soy su padre! ¿Cómo no voy a poder opinar sobre su vida? Lo único de lo que me arrepiento es de no haber intervenido antes. Si lo hubiera enderezado cuando era un niño, no se habría convertido en lo que es hoy.

La respiración de Teresa era agitada. Tardó varios minutos en calmarse lo suficiente para volver a hablar.

—Tu mente y tu corazón siempre estuvieron enfocados en Diego. Rara vez le prestaste atención a Benjamín y jamás le demostraste afecto. Si nunca cumpliste con tus obligaciones como padre, entonces no uses ese título ahora para tratar de controlarlo. Que solo te haya lanzado una amenaza demuestra que todavía tiene demasiada paciencia.

Dejó escapar un suspiro agotado y continuó con tono suplicante:

—Vicente... solo nos queda un hijo. ¿Podrías dejar de atormentarte por el pasado? Lo único que importa ahora es que él recupere su salud. Josefina ya me lo dijo: ella va a divorciarse de él. En cuanto él recupere la vista, ella empacará sus cosas y se marchará. No hace falta que la echemos a patadas. Mejor enfoquémonos en Benjamín y Alberto. Esa es la única forma en que podrás reconstruir tu relación con tu hijo.

Las palabras de Teresa tenían mucho sentido. El origen de todo este conflicto era Josefina, y si ella estaba decidida a divorciarse, entonces daba igual lo que Benjamín hiciera para impedirlo. Si ella no quería quedarse, a ellos no les quedaba más remedio que aceptar su decisión; después de todo, su hijo era el que estaba cegado de amor.

Vicente se quedó en silencio por un largo rato. Su semblante seguía siendo adusto, pero las palabras de su esposa finalmente hicieron eco en su interior.

Pasado un buen rato, murmuró:

—Está bien. Lo entiendo.

A Teresa le dolía el pecho por el coraje que había hecho. Se apresuró a buscar un medicamento, lo tomó y esperó unos minutos hasta que sintió un poco de alivio antes de volver a hablar.

—A partir de ahora, te prohíbo terminantemente que discutamos enfrente de Alberto. Es muy pequeño y su salud es frágil. ¿Qué pasaría si le da una crisis por el susto que le das?

—¡Lo único que me duele es no haber podido estrangular con mis propias manos a esa mujer venenosa! —La ira volvió a encenderse en el rostro de Vicente al recordar que la condición actual del niño era culpa exclusiva de Magdalena Salinas.

Teresa, obviamente, pensaba lo mismo. Apretó los puños con fuerza, y con el rostro pálido de rabia admitió:

—Nunca, jamás me imaginé que ella sería capaz de llegar a esos extremos. Y pensar que en algún momento traté de emparejarla con Benjamín... fui una completa estúpida.

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