No dijo nada; simplemente hundió el rostro en la palma de ella, buscando sentir su calidez y su aroma, mostrando una total dependencia.
El estudio se sumió en un profundo silencio.
Josefina ya le había dicho lo que tenía que decirle. Ir o no ir, ahora era únicamente decisión de él.
Se quedaron así, en silencio, durante un rato, hasta que ella retiró la mano y escribió:
—Voy a descansar un rato en mi cuarto.
—Está bien —asintió Benjamín—. Te llamaré cuando la cena esté lista.
—Mhm.
Al salir del estudio, vio a Teresa a poca distancia, mirándola con expresión expectante.
Al verla aparecer, Teresa se acercó apresurada y preguntó:
—Josefina, ¿aceptó?
Ella escribió:
—No lo sé, no dijo nada.
La decepción fue evidente en el rostro de Teresa, pero asintió y murmuró:
—De acuerdo, entiendo.
Hizo una pausa y luego indagó:
—No te quejaste con Benjamín, ¿verdad?
Josefina frunció sus finas cejas al instante y miró a Teresa con total frialdad.
Teresa respiró hondo y dijo:
—No tienes por qué mirarme así. Sabes perfectamente que, con una sola palabra tuya, Benjamín dejaría de relacionarse con nosotros, y yo no quiero que algo así pase. Josefina, ¿me entiendes, verdad?
Josefina curvó los labios en una sonrisa cargada de burla. Sin decir nada más, se dirigió a la habitación principal.
Esa sonrisa sarcástica fue como una espina para Teresa.
¡¿Qué quería decir con eso?!
¿Acaso se estaba burlando de ella?
¡Teresa estaba verdaderamente furiosa!
Sin embargo, dada la situación, no podía ir en contra de Josefina. De hecho, tenía que tratarla bien para evitar que Benjamín se enojara con ella.
Teresa cerró los ojos, intentó calmar su respiración y luego se dio la vuelta para bajar las escaleras.

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