Josefina mantuvo un semblante sereno. Miró a Teresa con sus ojos claros, desprovistos de emoción alguna, y tecleó en su celular:
—Ese asunto no tiene nada que ver conmigo.
Teresa, visiblemente ansiosa, le cerró el paso de nuevo.
—Josefina, no seas así. Después de todo, fuimos suegra y nuera. Nunca he hecho nada en tu contra ni te he complicado la vida. Hazme este favor, solo por esta vez, ¿sí?
Josefina frunció ligeramente el ceño, empezando a perder la paciencia.
¿De qué servía que ella se lo pidiera?
Ir o no ir era una elección de él.
¿Acaso su insistencia cambiaría algo?
Sin embargo, ante la súplica desesperada de Teresa y viendo que su mirada había perdido esa habitual agresividad, Josefina terminó cediendo.
Asintió y escribió:
—Lo intentaré.
Teresa esbozó una sonrisa y, con un suspiro de alivio, dijo:
—Qué bueno. Benjamín te escucha mucho ahora; con que se lo pidas, seguro aceptará.
Sin cambiar de expresión, Josefina tecleó:
—Que vaya o no, es asunto suyo. No ponga todas sus esperanzas en mí.
En cuanto la fría voz robótica cesó, Josefina dio media vuelta y subió las escaleras.
Benjamín estaba en el estudio, en plena conferencia telefónica con Valentín. Al escuchar que tocaban la puerta, levantó la cabeza hacia la entrada.
—Adelante.
La puerta se abrió y Josefina articuló:
—Yo.
En el rostro habitualmente inexpresivo de Benjamín apareció una sonrisa, y la curva de sus labios se acentuó.
—Josefina, ¿cómo supiste que estaba pensando en ti?
Josefina:
—...
Valentín intervino desde la línea:
—Entonces, director Gutiérrez, voy a colgar.

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