Josefina detuvo la cuchara y lo miró con expresión de total desconcierto.
¿Esas palabras acababan de salir de su boca?
Conociendo su personalidad, el simple hecho de que no se aprovechara de la situación ya era un milagro.
Y ahora, de repente, se portaba con una educación fría y distante.
Sin embargo, no demostró ninguna reacción y siguió comiendo.
Benjamín escuchó los pequeños ruidos que ella hacía, y sus labios esbozaron una sonrisa casi imperceptible.
Cuando terminaron de desayunar, el médico entró a revisarlo.
Primero examinó la herida de su pecho, la cual había dejado de empeorar, y luego procedió a cambiarle el vendaje de los ojos.
Josefina observó todo el proceso desde un lado. Al ver cómo el médico retiraba las capas de gasa, la respiración se le cortó por un segundo.
Sus ojos, todavía cubiertos por una capa de ungüento médico, estaban fuertemente cerrados. Las comisuras estaban irritadas de un rojo intenso y de ellas brotaban lágrimas de forma incontrolable.
Josefina se quedó paralizada mirando esas lágrimas resbalar por su piel, y su mirada tembló.
Bajó un poco la vista y notó que los puños de Benjamín, apoyados sobre sus piernas, estaban tan apretados que las venas del dorso de sus manos parecían a punto de reventar.
Parpadeó, pensando que era una ilusión óptica, pero al mirar de nuevo, sus nudillos seguían blancos por la presión.
¿Por qué apretaba los puños así?
¿Acaso... le dolían mucho los ojos?
Sin quererlo, recordó lo que había pasado la noche anterior.
Él había dicho que le dolían. Y ella pensó que solo estaba fingiendo para dar lástima.
Pero ahora quedaba claro que esa no era la verdad.
En ese instante, sintió que el corazón se le oprimía en el pecho. Una ola de culpa, tristeza y dolor se fue acumulando capa por capa en su garganta, hasta que pareció estallar como un volcán.
Le dolía verlo así.
Le dolía tanto que los ojos le picaban y las lágrimas amenazaban con derramarse.
Parpadeó con fuerza, intentando contener el llanto a toda costa.
...
Minutos antes, para no ser escuchada, Josefina se había quitado los zapatos y había salido corriendo de la habitación antes que ellos.
Al doblar la esquina del pasillo, se los volvió a poner. En sus oídos todavía resonaba el eco de los gemidos ahogados de dolor de Benjamín. Sentía que una mano invisible le estrujaba el corazón.
Tomó varias respiraciones profundas para calmarse y fue a buscar al médico encargado del caso.
—Señora Gutiérrez, ¿en qué le puedo ayudar? —preguntó el doctor, sorprendido de verla.
Josefina tecleó rápidamente, y la aplicación habló por ella:
—¿Le siguen doliendo mucho los ojos?
El médico asintió con semblante grave.
—Así es. El veneno estaba compuesto por ingredientes sumamente agresivos que le quemaron las córneas. Los ojos son la parte más delicada del cuerpo, y hasta que no encontremos el antídoto o un medicamento especializado, el señor Gutiérrez seguirá sufriendo dolores muy fuertes. Los analgésicos comunes ya no le hacen efecto.
Josefina palideció al escuchar eso. Sus manos temblaban mientras escribía la siguiente pregunta:
—¿Cuánto tiempo tardarán en encontrar ese antídoto? —preguntó con desesperación.

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