Josefina se puso de pie de un salto.
Valentín se apresuró a tranquilizarla.
—Señora, cálmese. Si ya lo pasaron a una habitación normal, significa que lo peor ya pasó.
El médico entró a la oficina en ese momento. Escuchó el comentario de Valentín y asintió.
—En efecto. El Sr. Gutiérrez ya está fuera de peligro. Con los cuidados adecuados, su estado general mejorará sin problemas. El único inconveniente es...
A Josefina se le cortó la respiración y miró al doctor con desesperación.
Valentín frunció el ceño.
—¿Cuál inconveniente?
El doctor dejó escapar un suspiro.
—Se trata de sus ojos. Intentamos de todo, pero no pudimos recuperar su visión. El tipo de daño que presenta es sumamente inusual y mis conocimientos al respecto son limitados. Quizás, si traen a los mejores expertos del mundo, exista una remota posibilidad de que vuelva a ver.
Valentín asintió, sombrío.
—Entiendo. Gracias.
Luego se volvió hacia Josefina.
—Señora, ¿vamos a ver al director Gutiérrez?
Josefina asintió muy despacio. Su mirada seguía perdida, mientras las palabras del médico resonaban en su cabeza como una sentencia.
No pudo recuperar su visión.
Él... ¿ya no iba a volver a ver nunca?
Al asimilar la cruda realidad, sintió como si una mano invisible le estuviera estrujando el corazón. ¡Le dolía tanto que a duras penas podía respirar!
Respiró hondo un par de veces, luchando por mantener la cordura.
Ambos entraron a la habitación. Benjamín estaba recostado en la cama; tenía los ojos vendados y llevaba una mascarilla de oxígeno. Su rostro lucía notablemente más delgado.
—Director Gutiérrez.
Valentín se acercó a la cama, tratando de disimular la pesadumbre con un tono entusiasta.
—¿Cómo se siente?
Los labios secos y agrietados de Benjamín se movieron con lentitud. Su voz salió sumamente ronca:
—¿Dónde está Josefina? ¿Cómo está ella?
—La señora se encuentra bien. No tiene ninguna herida externa, pero...
El tono de Benjamín se volvió gélido en el acto.
—Jose, tal parece que estamos hechos el uno para el otro, ¿no crees? Yo me quedé ciego y tú te quedaste muda.
Josefina liberó su mano de un tirón, lo sujetó de los hombros para que no se moviera y volvió a trazar palabras en su palma:
【No es gracioso. Tú vas a mejorar, y yo también.】
—Tienes razón.
Benjamín asintió lentamente.
—Ambos vamos a mejorar.
Y entonces, en voz muy baja, preguntó: —¿Me dejas tocarte la cara? Solo quiero asegurarme de que estás bien.
Hizo una pausa, y su tono se volvió aún más desolado.
—Ya no te puedo ver. Por más que me juren que estás a salvo, no me quedaré tranquilo. Pero si no quieres...
Antes de que pudiera terminar la frase, las pequeñas manos de ella tomaron la suya y la guiaron suavemente hasta posarla sobre su mejilla.
Los dedos de Benjamín se detuvieron un instante y luego comenzaron a acariciar su rostro con extrema delicadeza.
Pero no tardó en sentir algo fresco y húmedo. Sus dedos temblaron mientras seguían el rastro de la humedad hasta encontrar su origen.
—No llores, Jose. Te prometo que estoy bien.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
Alguna forma de leer gratis?????...